miércoles, 17 de agosto de 2011

Capítulo 17. La solución a tus problemas.


-         ¿Qué te pasa?
-         ¿Tú no los ves? Están ahí y van a hacerme daño, me lo han dicho.
Gabriel se acercó más a él, puso una mano sobre su cabeza y dijo, conciliador.
-         Ahí no hay nada, Martin.
El pequeño miraba de aquí allá con los ojos desorbitados por el terror, lágrimas se acumulaban en sus pupilas, se encontraba al borde del llanto y la desesperación. Y lo peor de aquella situación es que Gabriel lo comprendía, había vivido y soportado lo mismo en su propia piel. De pequeño también había visto sombras y figuras aterradoras acechando por los pasillos, seres extraños, espeluznantes, que estaban en su cocina y charlaban con su madre, mientras lo miraban como si tuvieran intenciones de devorarlo vivo, ahí mismo, delante de su propia madre. Nació enfermo, heredó esa enfermedad. Y era consciente de que su realidad cada día carecía de menos sentido. Su mente le hacia jugar malas pasadas, lo seguía torturando todavía ahora... Como un niño maltratado, se acostumbró al dolor, al miedo... formaba parte de su rutina y comenzó a aceptarlo poco a poco. 
Se acercó más a Martin, y acariciando su cabeza, le dijo, lo más calmado que pudo. 
-         Sé lo que ves, que es horrible y que parece demasiado real para ignorar que esta aquí. 
-         Quiero que se vayan.-imploró el pequeño, dejando caer su cabeza sobre el pecho de Gabriel. 
Este lo enterró entre sus brazos, sin apretarlo demasiado, dejándole espacio para respirar. 
-         ¿Quieres que se vayan? 
Martin asintió, despacio, sin fuerzas. 
-         Cierra los ojos y piensa que estás en el mar... ¿Lo has visto alguna vez?
-          No... -admitió el niño, con los ojos cerrados.- Pero puedo imaginármelo. ¿Es un lugar bonito?
-         Precioso. -afirmó Gabriel.
Se quedó en silencio, mientras Martin volvía lentamente a la calma. 
-         Gabriel... esto que veo cuando abro los ojos. ¿Es por mi enfermedad no?
Este le revolvió la cabeza, con cierta lástima. 
-         Sí, pequeño sí. Nada de lo que ves ahí es real. 
Martin no abrió los ojos, pero Gabriel notaba que estaba aguantando a duras penas las lágrimas.
-         No llores por esto pequeño. Yo también soy como tú, ya te lo dije.
-          ¿También estás enfermo? 
-         Igual que tú. Pero pronto te harás más fuerte y te acostumbraras a convivir con ellos. 
Lo que ninguno de los dos sabía que estaban siendo espiados. 
Ingrid lo había escuchado todo, y no podía más que observar complemente conmovida a Gabriel, allí sentado, sosteniendo con aire fraternal a ese chico enfermo, dándole apoyo y ánimo a su manera. Ella solo podía sonreír, oyendo la peculiar ternura con la que hablaba Gabriel. Sentía ganas de correr y abrazarlo, sentir el calor de sus brazos... y a la vez la curiosidad ardía en su interior. Sí, sabía que Gabriel estaba enfermo y que por el comportamiento que mostraba al sacar el tema, había dado por sentado que ni quería ni tenía la más mínima intención de hablar de ello. Por otro lado, necesitaba saber cual era su enfermedad. Se precipitó a buscar una de las encargadas y cuando llegó junto a una de ellas, preguntó, sin ceremonias:
- ¿Puedo saber cual es la enfermedad de Martin? 
Ella caviló un poco, luego dijo: 
- ¿Habitación 47?
Ingrid asintió
-         Esquizofrenia. 
Se quedó parada en el sitio. Había oído hablar de ella, muy dura, confusa y sin cura. Solo unas simples pastillas que reducían los efectos, pero que dejaban ciertamente atontados a aquellos que la tomaban.
Martin se había quedado dormido en sus brazos, y Gabriel lo levantó del suelo, para luego depositarlo sobre su cama, lo arropó torpemente, y sonrió, sin motivo. No podía evitar verse a si mismo reflejado en ese pequeño. Él también estaba solo en la vida, sus padres tampoco le serían de ayuda, puesto que lo habían abandonado a su suerte. Ese chico tendría que hacerse fuerte, si quería seguir adelante. Suspiró, pensando en si mismo, cuando, de repente, en el momento en el que su mano estaba a punto de rozar el pomo antiguo de la puerta, el dolor lo atravesó, a la velocidad del rayo. Reprimió las ganas de gritar, pero sentía que no podría aguantar por mucho más: su grito retumbó por todo el edificio, sobresaltando y asustando a las personas que estaban en él. 
Para cuando Ingrid acudió al cuarto de Martin, se encontró al pequeño sacudiendo desesperado a Gabriel, que había caído sin conciencia en el suelo, con una mueca de dolor grabada en su pálido rostro. Alarmada, se arrodilló junto al cuerpo de su amigo, cogió su rostro con las manos, y mientras palmeaba sus mejillas lo llamaba por su nombre. Seguía sin reaccionar. Una de las encargadas no tardó en llegar, y observó con gravedad al muchacho. 
-         Se ha desmayado.-avisó Ingrid, con una nota de terror, cargada de preocupación, y como vio que la mujer no se movía, gritó.- ¡Date prisa y llama a un maldito médico! ¿No ves que está mal? 
Ingrid estaba abanicando a su amigo, lo tenía entre sus brazos, apoyado en su regazo, había mandado a Martin de nuevo a la cama, diciéndole que no molestara y que se estuviera calladito. 
-         Gabriel ¿Se va a poner bien? –Oyó la voz de Martin a su espalda.
-         Pues claro que sí.-terció ella, con una inestable seguridad.- Siempre se le pasa, siempre se le pasa…
Pero ella mismo se sentía al borde de la más absoluta desesperación. Él le había explicado que tenía esos ataques, pero tan solo era por su enfermedad... que todo al final se arreglaba y el volvía tarde o temprano a la normalidad. 
-         Gabriel...-musitó.
Este se movió un poco, y la esperanza de que se despertara hizo que Ingrid lo abrazara más fuertemente, la cabeza del muchacho descansaba sobre su hombro. 
-         Ingrid...-murmuró él, en esos momentos, con voz débil y quebradiza.
Había mantenido los ojos cerrados, como si estuviera hablando en sueños, pero al menos estaba empezando a captar algo de lo que ocurría su alrededor. 
-         Tu olor...-dijo a continuación. 
Ella lo miró perpleja.
-         ¿Qué? -dijo, fingiendo haber oído mal.
-          Tu olor... me encanta...
-          Gabriel ¿Qué dices? 
Este se sacudió, como movido por un espasmo, y apretando los dientes con expresión de dolor, farfulló, como si se estuviera asfixiando: 
-         No lo sé... 
Pobre, pensó ella, a saber que era lo que estaba viendo o sintiendo él en aquellos momentos. La puerta se abrió en ese instante, la encargada de antes apareció con un médico, vestido de blanco y cargando con un maletín negro de cuero, de aspecto caro, su rostro era anguloso, su barbilla puntiaguda; no carecía de atractivo, su pelo, tan rubio que rozaba al blanco lo llevaba peinado hacia atrás y largo que llegaba hasta el final de sus hombros, cargado de gomina. 
-         Buenas.-dijo, con voz grave y seria entrando la habitación. 
Examinó con curiosidad a Gabriel, que estaba pegado a Ingrid. 
-         Señorita ¿Puede dejar al muchacho sobre la cama? Y -se volvió hacia Martin, y sonrió, una sonrisa de tiburón, cargada de dientes afilados y brillantes.- ¿Podría hacer el favor de esperar fuera? Voy a examinar a este chico. 
Martin, atemorizado bajo la mirada del doctor, obedeció y se alejó de la habitación. Ingrid ya había dejado a Gabriel sobre la cama, la encargada había salido afuera con Martin y la chica tomó asiento en una silla pegada a la pared. 
-         ¿Puedo quedarme aquí, mientras dura la inspección?-quiso saber. 
-         No hay problema, bonita. -contestó él, con una amabilidad un tanto chocante. 
Puso derecho a Gabriel, y mientras sujetaba con una mano su cuerpo, rozó su frente con los dedos. Y fue entonces cuando Gabriel despertó, aturdido y con el dolor aún arañándole las entrañas, sentía ganas de vomitar y tenía la extraña sensación de que iba a perder el control.
Ingrid no podía ver a Gabriel, estaba oculto detrás del doctor, si no habría apreciado el nuevo color de ojos de este, rojo, como la sangre que corría por sus venas. 
-         ¿Quién es usted? -dijo Gabriel en ese momento. 
-         Sólo quiero ayudarte, muchacho. ¿Sientes mareos? ¿Duele? 
Gabriel lo miró fijamente, su vista estaba algo nublada, y desenfocaba la figura de la persona que tenía delante de él, había algo en aquel hombre que no estaba en su sitio, pero en aquel momento no supo decir el por qué. Decidió contestar: 
-         Ambas cosas.-su voz había sonado demasiado ronca, demasiado grave, como si no fuera la suya y otra persona totalmente distinta a él estuviera hablando a través suya, usando a su antojo sus cuerdas vocales. Se quitó esa idea de la cabeza, era esquizofrénico, ¿que se esperaba? La mitad de lo que ocurría a su alrededor era producido por su mente. 
-         ¿Podrías decirme donde te duele? 
Ingrid frunció el ceño, estaba más relajada puesto que Gabriel había recuperado totalmente el sentido, pero por otro lado no entendía el comportamiento del médico. La enfermedad de su amigo no era física, sino mental ¿Porque no le daba de una vez aquellas malditas pastillas y lo dejaba en paz? 
-         Es esquizofrénico.-interrumpió Ingrid.- Su dolor es imaginario.
Aquel comentario atravesó a Gabriel como un puñal, sabía que era verdad, que su dolor era inexistente, irreal, un delirio producido por su mente, pero oír aquello salir de la boca de Ingrid era demasiado. ¿Cómo sabía de su enfermedad? ¿Cómo...? 
-         Ya lo sé, pequeña.-replicó el médico, con una sonrisa.- He sido informado de ello. Pero se ha desmayado, necesito comprobar si su respiración es adecuada y si su corazón late al tiempo indicado. Además, es probable que se haya dado un golpe en la cabeza al caer al suelo. 
Eso hizo callar a Ingrid. 
-         Ahora joven ¿Puede quitarse la camisa? Necesito comprobar que su respiración ha vuelto a la normalidad. 
Gabriel fue incómodamente consciente de que tenía marcas rosadas recorriendo su pecho y su cuello e Ingrid estaba ahí. ¿Qué pensaría cuando las viera? Con lo cual, se abrazó a si mismo y negó con la cabeza. 
-         No... no hace falta, ya me encuentro perfectamente.-hizo ademán de levantarse, pero el doctor lo detuvo. 
-          Para el carro, jovencito. -sonrió, y Gabriel sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, la alarma martilleaba su cabeza. -Lo hago por tu bien. Así que... ¡Venga!
-           Ehm... pero...
-         ¿Te da vergüenza? 
-         N-no...
-         Pues date prisa, no tengo todo el día, muchacho. 
Resignado y de mala gana, se desenrolló la bufanda del cuello, luego se desprendió de su sudadera, de la camisa negra que llevaba debajo y quedo con su torso al descubierto. Hacía frío. De soslayo observó las marcas, luego a Ingrid. Descubrió que ella no podía verlo, puesto que aquel doctor lo ocultaba tras él. Respiró aliviado. 
Pero entonces, desafortunadamente el médico se apartó, para recoger su maletín. Gabriel quedó bloqueado, el dolor se redujo durante unos instantes. Vio que Ingrid sonreía y lo miraba, pero su sonrisa se congeló en su rostro. 
-         Oh, mierda.-pensó Gabriel, lo ha visto. 
La verdad es que en lo primero que se ha fijado la chica habían sido sus ojos rojos, luego su torso, tonificado, con aquel vientre de aspecto duro, y abdominales ligeramente marcados, sin ningún pelo a la vista, era precioso e inquietante al mismo tiempo. Por último, cuando el médico dijo, desde el otro lado de la habitación, mientras buscaba algo con sumo cuidado en su maletín: 
-         Tienes una novia muy cariñosa por lo que veo ¿no? 
Entonces fue cuando descubrió las marcas. Algo en el interior de Ingrid se rompió a trocitos, la decepción fue abrumadora. Gabriel había estado aquel día con una chica, con otra chica que no era ella. ¿Estaría enamorado? ¿Sería guapa? ¿Otra asesina? O... ¿Y si era cierto lo que le había dicho su hermano? "Me fío de Gabriel, tiene toda la pinta de ser gay".
¿Y si aquello se lo hubiera echo un chico? Rápidamente, eliminó la idea. Gabriel era su amigo, solo eso. No estaban juntos. Si él era feliz con alguien ¿Ella no debería alegrarse por ello? ¿Desearle lo mejor? Pero... sin entender el motivo, había algo dentro de si misma sentía decepción. De nuevo, dejó su mente en blanco. Se estaba volviendo paranoica.
-         No tengo novia.-masculló él, picado, en ese momento, mientras que el doctor recorría su pecho desnudo con aquel cacharro terminado en un círculo metálico, que se notaba demasiado frío al contacto de su piel, del cual nunca era capaz de recordar el nombre. 
Ingrid alzó algo la cabeza, genial, parece ser que su hermano tenía razón.
-         ¿Entonces? ¿Hablamos de un chico? 
-          Se supone que me va a examinar, no a hurgar en mi vida privada.-refunfuñó, doblemente cabreado. 
Sí, ahora, sí que estaba aprobaba la teoría de Thomas. Algo se estaba rompiendo en su pecho, se sentía mal, abatida. No podía dejar de ver a Gabriel en su cabeza, ayudando a Martin, su sonrisa que pocas veces mostraba, cuando le apartó el pelo de la cara, el día en que vio sus ojos por primera vez y pensó que aquellos ojos no podía ser reales; eran demasiado bonitos, demasiado perfectos e intrigantes. Pero... de nuevo ¿En que estaba pensando? Ni que ella sintiera algo por Gabriel, algo que no fuera aprecio, era su amigo al fin y al cabo. 
El doctor terminó la revisión bastante más rápido de lo que esperaban. 
- Todo en orden - afirmó. 
Luego, se volvió hacia Ingrid.
-         Bonita, ya que estoy aquí, la encargada Margaret tenía cita conmigo dentro de dos horas. He terminado muy pronto, así que ¿Te importaría llegarte a buscarla un momento y decirle que le haré la revisión aquí mismo? 
Ingrid asintió enseguida, aunque el hecho de dejar solo a Gabriel no le resustentase demasiado atractivo, sentía que si apartaba los ojos de él, desaparecía y no volvería a verle... por tercera vez, sacudió la cabeza con furia, no hacía más que crear paranoias, una tras otra. Salió de la habitación furiosa consigo misma y perdida en sus pensamientos, dejando solos a los dos hombres. 
La puerta se cerró, con más fuerza con la que debería haberlo hecho, pero Gabriel no pareció escucharlo, el doctor le estaba sonriendo de forma extraña, siniestra... 
-         ¿Pasa algo?
 La sonrisa se amplió, volviéndose más aterradora. Sin una palabra, el hombre colocó sus dedos sobre su frente, y justo cuando Gabriel sintió el contacto de la piel de él con la suya. El dolor lo sacudió, veloz, letal e implacable; irremediablemente se echó hacia atrás y se mordió el labio inferior, para no gritar. Era demasiado.
-         ¿Lo sientes verdad? Duele ¿Mucho? Más que demasiado ¿cierto?
Apretó los dientes y miró con odio al doctor. 
-         ¿Qué me está haciendo?
-         Yo no hago nada, tu mente lo crea todo.
Gabriel frunció el ceño, abatido. Aquella cruel realidad de la que nunca podría desprenderse. 
-         Tengo la solución a tu problema. -anunció en ese momento el doctor.
-         ¿Cómo? Mi enfermedad no tiene cura.-negó él. 
El doctor rió, divertido.
-         En este país la medicina es mucho más avanzada. -garantizó, mientras buscaba algo en su maletín. No tardó en dar con ello, una enorme jeringuilla, llena a rebosar de un líquido naranja, casi rojo.
El rostro del muchacho palideció.
-         Aquí tengo tu cura, chico. -dijo, con total satisfacción, aunque... algo raro se escondía tras su persistente e imborrable sonrisa que intentaba decirte "Todo saldrá bien" Cuando para Gabriel nada nunca salía bien, es más, para él aquella frase era un presagio de mala suerte.
-         ¿Una dosis de esto y curado? -razonó él, con cierta sorna.- ¿Va usted a creer que voy a tragarme eso? 
-         Una dosis cuando te entren los ataques. –corrigió él.
-         No me fío. -cortó él, desconfiado. 
El dolor lo estaba matando, y su intensidad iba aumentando por momentos, pero aún así seguía teniendo agallas suficientes para decir lo que pensaba, estaba demasiado habituado a vivir con aquel calvario, que lo apresaba y sumía en la eterna ruina. Sus uñas se estaban clavando en el colchón de la cama de Martin. 
- Bueno... voy a dejártela gratis, así que no deberías quejarte...
- Ahora me fío menos.-replicó Gabriel, sin dejar de parpadear y con voz entrecortada.- ¿Porque... i-iba a darme algo gratis a a-mi? 
- ¿Simple caridad? -Fue el ejemplo que dio el doctor. 
- Sigo sin creer una palabra. Tendrá efectos -tragó saliva, iba a desmayarse, pronto.- efecto- tos secundarios. O... o será a-adic-ictivo. 
- Su venta está aprobaba y recomendada por ocho de cada diez psiquiatras, joven.- dijo él, dando consistencia a sus palabras.
- Insiste demasiado.-masculló Gabriel.
- Imagino lo que siente, y no me parece demasiado bonito. Mi trabajo es que mis pacientes vivan sin problemas de salud, aliviar sus males.-avanzó hasta él, sosteniendo en alto la jeringuilla.
- N-no.-negó él. 
Pero no tenía fuerzas, él doctor tomó su brazo, lo palpó a sus anchas, buscando su vena, hasta terminar inyectando el líquido en su sistema circulatorio. Y Gabriel dejó de sentir, el dolor disminuyó, hasta apagarse por completo. Invadido por una extraña tranquilidad, soltó aire, lleno de alivio. 
El doctor sonreía. 
- ¿Lo ves?
Gabriel se miró las manos, totalmente incrédulo, se pellizcó el brazo. De un salto se levantó y se quedó de pie en frente del doctor. Era increíble, no sentía nada, nada de nada.
- Vale, ¿donde esta el truco?
- No hay truco, chico.-Parecía sincero... aunque...
- Espera, espera ¿Y a partir de ahora tendré que ir al hospital cuando tenga ataques? Y por supuesto, tendré que pagar la inyección de esa sustancia. ¿No es cierto? 
- Ya le he dicho que le será totalmente gratis. -A continuación le dedicó otra de sus inquietantes sonrisas, y sacando una especie de pulsera del bolsillo, explicó.- Cuando sientas un ataque, pulsa aquí.-le había anudado la pulsera a la muñeca, bajo la mirada confundida de Gabriel y señaló el símbolo que tenía sujeto en plata, un triángulo. -Y yo acudiré a darte tu cura. Es un nuevo proyecto de fines médicos que estamos probando en el hospital de Praga. 
- ¿Y cómo va a saber donde vivo? 
- Lo sé, eres uno de los chicos de Akira. El club de caza ¿no? 
Gabriel asintió, un tanto perdido. 
- Entonces ¿Todo claro? No quiero que después haya confusiones. 
- Transparente.-respondió Gabriel, observando la pulsera con aire crítico, tampoco era fea para llevarla puesta.
Así que el doctor salió de la habitación, tras despedirse de Gabriel, y en la puerta se despidió de Ingrid, diciéndole que no importaba que no hubiese encontrado a la encargada, que tenía que irse ya.

domingo, 14 de agosto de 2011

Capítulo 16. El libro.

Siento si se os ha hecho un tanto larga la espera, pero entre mi viaje a Berlín y lo liada que he estado con mi llegada y unas fiestas de mi pueblo no he podido publicar este capítulo antes. Espero que os guste y disculpeis mi ausencia en el blog durante todo este tiempo, no tengo la cabeza donde debería tenerla ultimamente :/ 
Bueno, aquí os lo dejo, espero que os guste ^^ 




Estaba sentado en una especie de mullido sillón, desgastado, pero se encontraba cómodo ahí, tenía sueño, pero mantenía los ojos abiertos. No estaba en la mansión.
-         ¿Cómo es que tus padres no están aquí? –quiso saber Gabriel.
-         Trabajan en una tienda en un pueblo cercano, a veces se quedan a dormir allí en un cuarto que tienen alquilado. Solo suelen estar aquí en fin de semana.
-         Entonces solo te hace compañía tu hermano.
-         Ni eso. Está todo el día por ahí. ¿Y no lo oyes? Se pasa las noches roncando como un condenado.
Gabriel rió, levemente, a media voz. A pesar de que la habitación de Thomas estaba en la otra punta de casa, se podía oír su fuerte respiración desde el cuarto de Ingrid.
-         Hoy está más calladito.-comentó ella, tomando asiento a su lado, le sonrió, con el cansancio reflejado en su rostro, en su regazo sostenía el libro de terciopelo verde.
Gabriel no había vuelto a la mansión, Ingrid lo había invitado a cenar. Él había respondido que si enseguida. Ingrid se había encargado de preparar una ensalada, y calentó sopa en la vitrocerámica.
-         Sé que es poca cosa, pero es que no quiero entretenerme mucho. –se había disculpado ella.
Él se había reído, y le había dicho.
-         Tendrías que haber visto lo que cenaba yo en Japón.
-         ¿El que?
-         Arroz. Después de haberlo tenido como desayuno y almuerzo.
-         Terminarías aborreciéndolo.
-         Lo aborrezco. –terció él.
-         Pero… ¿Conocerás comida japonesa no?
-         Claro, si quería cenar otra cosa tenía que cocinarla yo. Algún día te haré algo japonés, por si te apetece probarlo.
Ella sonrió, colocando su plato de sopa con fideos en la mesa. Ahora, después de la cena y de que Ingrid mirase divertida su forma torpe de usar la cubertería occidental, tan distinta a sus adorados palillos japoneses, estaban ahí sentados, ambos agotados, pero felices, estaba a punto de mirar el libro que al ángel le había entregado a Ingrid.
Ella sentada como los indios, abrió el libro, y con una mueca de incertidumbre miró el interior.
Estaba lleno de normas, para ser un marcado por un ángel. Lugares a los que visitar, cosas que hacer, como se debería comportar. Pasó las páginas, leyéndolas por encima. El siguiente capitulo hablaba del respeto que había que tenerle a sus superiores, los ángeles. El capitulo tres hablaba de que los marcados harían de este mundo, un lugar mejor, pero que siempre habría demonios dispuestos a destruir todo lo que hacían. Cuando de repente, Gabriel, se acercó a ella, para leer también el interior del libro, cuando, este se movió de forma rara y por arte de magia se cerró.
El muchacho frunció el ceño, mientras Ingrid intentaba abrirlo de nuevo. Imposible, parecía estar pegado.
-         Que extraño.
-         Debo de ser yo.-repuso Gabriel, con el fastidio impreso en su voz, alejándose de ella. –Prueba ahora.
Segundo intento. En esa ocasión tampoco pudo lograr abrirlo. Gabriel resopló.
-         Vas a tener que mirarlo sola.-le comentó.
Ella se levantó y guardó el libro en su mesilla, con resignación. Gabriel no sabía que hacer, sabía que ya era hora de irse, y dejarla dormir, pero no tenía ganas de volver a la mansión, ni de alejarse de ella. Ingrid volvió a sentarse a su lado.
-         Estoy cansada.-dijo, echándose hacía atrás, apoyándose contra el respaldo del sillón.
Gabriel se levantó en ese momento, se dirigió a ella y dijo:
-         Pues yo ya me voy. Es mejor que descanses…
Ella hizo una mueca.
-         ¿Voy a verte mañana? –preguntó.
Él asintió, antes de salir de su habitación y poner rumbo hacia la mansión.

Había llegado a su destino, y no había encontrado nada. El caos, y la destrucción se extendían ante él. La casa estaba demolida, incontables trozos de madera se esparcían por el suelo. Devastado. Era la única pista que tenía acerca de lo que andaba buscando. Aquella dirección, y se encontraba con nada. Rebuscó entre los escombros pero no encontró gran cosa, muebles destrozados, mantas gruesas, los restos de una televisión antigua… Abrumado y decepcionado, siguió su búsqueda. No pensaba irse con las manos vacías. Al fin encontró una especie de marco de fotos, el cristal estaba destrozado, pero la foto del interior seguía intacta. Con satisfacción examinó la fotografía. Justo lo que buscaba.
-         ¿Se puede saber que busca ahí? –oyó una voz a su espalda.
Akira se volvió, y miró con desprecio al hombre en kimono que estaba allí de pie, mirándole como si se tratara de una persona chiflada. Era un señor mayor, con la cara plagada de arrugas y sus ojos entrecerrados.
-         ¿Sabe lo que ha pasado aquí?
-         La demolieron hace dos días.-explicó.- ¿Estás buscando a…?
-         Al que vivía en esta casa, sí.
-         No sé muy bien a donde se fue, la noche antes de la demolición se oyeron muchos gritos y alguien sacó al dueño de la casa a la fuerza, le gritaba en otro idioma. Llamamos a la policía… pero ambos habían desaparecido para cuando ellos llegaron.
Él asintió. Sin duda iba a tener que buscar información en otra parte. Ya pagaría las cuentas con aquel demonio que había maltratado durante años lo que era suyo.
-         Está familia es muy peligrosa, siempre lo ha sido, dando problemas desde que se mudaron…-refunfuñó el viejo, no obstante cuando se volvió para mirar al desconocido, este ya se había ido.

Alguien había entrado en la habitación de Gabriel, era muy temprano por la mañana, y apenas había amanecido, aunque había claridad suficiente en la habitación, como para no tropezarse con los muebles y la montaña de ropa que había tirada en el suelo. El muchacho estaba dormido, tapado con su colcha negra hasta un poco más arriba de su delgada cintura. Se sentó en la cama y este no pareció notarlo. Divertida, comenzó a deslizar sus dedos por su cuello desnudo. El joven se estremeció y se movió, aún dormido, quedando boca arriba en la cama.
-         ¿Qué haces? –estaba hablando en sueños.
A continuación ella retiró la colcha negra de él, tan solo vestía con un  kimono azul marino, que de por si le quedaba corto, y estaba abierto, dejando su hombro derecho al descubierto, al igual que buena parte de su vientre. Se notaba que llevaba dos meses haciendo ejercicio por las mañanas y algunas tardes. Ella se inclinó hacia él, aplastando su cuerpo con el suyo y le besó la barbilla. Justo en ese momento Gabriel se despertó y sobresaltado, pegó un brinco.
- ¿Ingrid? –salió de su boca sin querer.
Ella se pegó a él.
-         ¿Ya me has engañado, picarón?
La vista de Gabriel se aclaró, y pudo ver a Samantha encima suya, vestida únicamente con su camisa negra del rayo blanco, aquella que llevaba la misma noche en la que borracho como una cuba acabó pegado a ella. Estuvo a punto de gritar, pero ella no se lo permitió, posando sus labios sobre los suyos.
Este se apartó y la miró, enfadado.
-         ¿Se puede saber que haces aquí… y con mi camiseta?
-         Te la robé el día de tu primera misión. ¿Recuerdas?
Le zampó otro beso.
-         Pues ya va siendo hora de que me la devuelvas y que te vuelvas a tu habitación. –dijo él, cortante.
Aunque su comentario lo único que hizo fue que ella se riera, y que arqueando las cejas dijera:
-         ¿Quieres que me quite la camisa?
Hizo ademán de cumplir su palabra, pero Gabriel la detuvo.
-         No, no. Mejor… quédatela. Te queda mejor que a mí.
Ella volvió a reírse.
-         ¿Ya no me quieres?
-         No lo he hecho nunca.
-         Mentiroso. ¿No recuerdas lo que pasó…?
-         Ni lo recuerdo, ni quiero. Estaba borracho –gruñó él.- Ahora, fuera de mi habitación. –señaló la puerta, con el dedo índice.
-         Oh. No hablas en serio ¿verdad?
-         ¿Tengo que decírtelo en japonés para que te enteres?
Ella suspiró, se levantó y dijo:
-         Bueno, entonces ya sé que es verdad.
-         ¿Qué es verdad el que?
-         Lo que dicen.
-         ¿Qué dicen? –quiso saber él entonces.
Ella estaba de pie, a dos pasos de la puerta, de espaldas a él.
-         Pues ya sabes… eso de que eres gay.
La acusación lo golpeó con fuerza. Ella ya estaba en la puerta.
-         Samantha.-dijo él, con una nueva seriedad.
-         ¿Si?
-         Ven.
Ella dio media vuelta y se acercó a él, situándose en frente suya, Gabriel estaba sentado en la cama, uno en frente del otro. Él cogió sus manos y dijo, mirándola fijamente.
-         Prométeme que no vas a intentar quemarme vivo después, como hiciste la otra vez.
-         Te lo juro.-dijo ella, con una pequeña sonrisa pintada en su rostro lleno de graciosas pequitas.
Entonces él tiró de ella, y la besó. Ella cayó encima de él, y lo tumbó sobre la cama, para luego besarle de nuevo, con una ferviente nueva intensidad.

-         Que mal, que mal, que mal.-iba refunfuñando Gabriel, delante del espejo. Acababa de salir de la ducha y tan solo tenía media hora para arreglarse e ir a buscar a Ingrid, ya que habían quedado después de comer.
Tan solo se había puesto los pantalones vaqueros pitillos ajustados. Y su piel estaba llena de marcas rosadas, tanto su pecho, como su cuello. Las estaba observando en el espejo, mientras se maldecía a sí mismo. Al menos no lo volverían a acusar de gay… y había recuperado su camisa del rayo, de paso.
Se puso una sudadera roja, con capucha, sus botas rojas, y su bufanda roja con rayas negras, cubriendo las marcas de su cuello. Se sentía horriblemente mal.
El pelo lo seguía teniendo mojado, y corrió como loco por las calles de Praga, sujetándose la bufanda, para que no se le desprendiera o descolocara del cuello.
Ingrid ya lo estaba esperando, justo en el lugar donde habían quedado, un parque cercano a su casa. Se aproximó a él, sonriente. Y Gabriel sintió punzadas de culpabilidad. Pero… ¿Culpabilidad por qué? Él no estaba con Ingrid, como mucho, serían amigos… ¿Desde cuando la conocía? ¿Desde hace unas semanas?
-         La última vez.-le había dicho a Samantha.
Y aquello era definitivo, no iba a caer en sus brazos ni una vez más.
Ahora Ingrid estaba a su lado, podía oler su perfume, que lo mareaba y lo mandaba a las nubes. Estaba preciosa, vestida con una falda vaquera, unos zapatos marrones con cordones, y una sudadera sin cremallera de color marrón, que ponía con letras celestes: Live without you, isn´t life. Su pelo negro y brillante le caía por los hombros, bien peinado. Sonreía, feliz, y Gabriel, durante unos momentos lo olvidó todo, perdido en su sonrisa, en sus ojos marrones, y sonriendo igualmente.
Había soñado esa noche con ella, cogía su mano en un sueño, para cuando había despertado ella se había ido y allí estaba Samantha, ocupando su lugar. Era un sueño estúpido, y muy poca cosa comparada con lo que había hecho esa mañana con Samantha. Pero no podía comparar lo que sentía en aquellos momentos por ella, que lo que había sentido junto a Samantha. Su cabeza estaba patas arriba. ¿Qué sentía verdaderamente por Ingrid?
-         ¿Cómo has dormido? –preguntó ella, tras saludarle.
Gabriel palideció, de repente, inconcientemente, se llevó las manos a la bufanda.
-         ¿Pasa algo malo?
Él negó con la cabeza, sacudiendo el pelo mojado.
-         Oye, deberías haberte secado el pelo antes de venir.
-         No tenía tiempo.-replicó él.- Habría llegado tarde.
-         No importa, no tenía prisa… y no pensaba irme sin ti. –dijo ella, sonriendo tímidamente.
Ella le observó fijamente, durante unos segundos, pensativa, leyendo cada pulgada de su rostro.
-         ¿A dónde vamos hoy? –cambió de tema él.
-         A ver a Martin. Tengo que estar toda la tarde allí.
-         Genial, un lugar con Internet. –dijo él, comenzando a caminar. –Espera… ¿Cómo sabes que conozco a Martin?
Ella rió.
-         Te vi hablando con él, en una de mis visitas a ese centro.
-         Ya veo. –dijo él, apretando los labios.
-         Estuviste siguiéndome una larga temporada, sabía que te encontraría allí cuando iba. –dijo.
Él no respondió, caminaban juntos, ambos se sabían el camino, y no hablaron en un buen rato, viendo como poco a poco el cielo se despejaba y tímidos rayos de sol acariciaban sus rostros. Gabriel sentía remordimientos corriendo por sus venas, y observaba de soslayo a Ingrid, ella que inspiraba tanta calma, que parecía emitir una luz blanca, perdiéndose poco a poco en su fragancia… y de nuevo la extraña culpabilidad lo sacaba de sus ensoñación, tenía un nudo en el estómago.
En ese momento ella se detuvo.
-         Gabriel ¿Sabes que puedo ver a través de ti?
Él se paró en seco, se giró hacia ella, ladeando la cabeza la miró, confuso.
-         Algo te ocurre, y no quieres decírmelo. ¿Puedo saber lo que es?
Gabriel resopló.
-         ¿Has matado?
-         No es eso…
-         ¿Entonces?
No supo porque lo hizo, pero a continuación, tomó su mano y mirándola fijamente; prometió:
-         He hecho algo de lo que me arrepiento y eso es todo. He cometido una equivocación. Y no volverá a ocurrirme nada parecido, te doy mi palabra. –él todavía no entendía del todo a que venía aquello, cuando verdaderamente no había hecho nada malo… echar un “buen rato”.
Ella oprimió su mano, y le brindó una sonrisa, como si a través de su mano le indujese calma, los músculos de Gabriel, que hasta el momento habían estado tensos se relajaron y soltó aire.
-         Pero… no me dices lo que has hecho.
-         ¿Es necesario? –gimió él.
Ella apretó su mano, con más fuerza.
-         Confío en ti, y si estás tan arrepentido no volverá a repetirse.
Soltó su mano y siguió su camino, Gabriel iba a su lado, reflexionando, con las manos metidas en los bolsillos. No tardaron en llegar al lugar, atravesaron la puerta tan familiar, y un enorme corro de niños salió a recibir a Ingrid, todos locos de alegría por verla. Rodeándola, las encargadas del lugar sonrieron y la saludaron, afectuosas.
Ingrid sonreía, hablaba con los chicos, arrodillada ahí en el suelo.
Era una persona que se hacía de querer, y a la que nadie nunca miraba mal. Había comprobado que aunque sus compañeros la ignoraran todos la admiraban y la veían como si fuera un ángel solitario, que día a día, aportaba su granito de arena a una vida mejor…
Alejado de ella, la observaba, si, sin duda, todo su ser desprendía una luz blanca, apenas perceptible que él podía captar sin problemas. Era todo lo contrario a él, que nadie lo quería, que lo odiaban o temían con solo ver su cara, que lo tomaban por problemático con tan solo oír su risa de histérico perturbado. La gente lo evitaba, y lo único que sabía hacer bien era asesinar y sembrar el terror allá donde sus botas negras pisaran.
Una encargada llegó junto a él, en ese momento. Gabriel se volvió hacia ella.
-         ¿Sabe donde está Martin?
-         En su habitación. –fue la respuesta de ella.
Tras oír las indicaciones de la mujer, y recorrer un par de pasillos, llegó a una puerta. Entró sin llamar y se encontró al pequeño hecho una bola en un rincón, meciéndose.
Gabriel se aproximó a él, despacio.
-         ¡No os acerquéis más! –gritó él en ese momento.
Tenía la cabeza gacha, por lo que dudaba si había visto al joven que se acercaba a él, con cierta preocupación.
Se sentó junto a él, en silencio. Este se estremeció, y sollozó:
-         No me hagáis daño. –pidió.
-         Martin… soy yo, Gabriel.
Martin alzó ligeramente la cabeza, tenía el rostro pálido y empapado en lágrimas. Sus ojos, cargados de terror recorrieron la habitación. Temblaba como una hoja en invierno