jueves, 4 de agosto de 2011

Capítulo 15. Motivos más importantes que el equilibrio.

Gabriel se esperaba ceños fruncidos, y miradas interrogantes cuando entró en la mansión, pero resultaba que allí cada uno iba a su bola. Samantha estaba en el patio quemando un hormiguero, a base de cerillas. Kavita, Roman y Adnan estaban jugando al póker desparramados sobre la mullida alfombra del ancho recibidor. Alix tenía un mono terrible y se oían sus gritos retumbando por los pasillos de la segunda planta. Chin estaba en el salón del sofá rojo, enganchado a su ordenador. Mientras que Abeeku engullía una tarta de chocolate y nata en la cocina.
Si nadie había notado nada raro en su comportamiento del día anterior y en su corta desaparición, mucho mejor para él. Antes de nada, decidió ducharse, ya que todo su cuerpo desprendía un horrible hedor a sudor. Comprobó también por otra parte, que no le quedaba ropa limpia, salvo un quimono corto azul marino, que le llegaba a las rodillas. O el kimono para salir a poner una lavadora al cuarto donde se encontraba aquel aparato, o iba a tener que pasearse en bóxer negros con calaveras por ese largo pasillo hacia la habitación del fondo, que por cierto se hallaba relativamente cerca de la habitación de Akira. Obviamente prefirió el kimono.
El cuarto donde se encontraba la lavadora era bastante simple comparado con el resto de la enorme mansión. Las paredes estaban pintadas de color blanco y el suelo estaba recubierto por una moqueta oscura, un sofá de aspecto antiguo y desgastado, estaba en frente de las tres lavadoras, que se encontraban al fondo de la habitación, pegadas a la pared. Al lado de otras tres secadoras.
Antes de llegar había separado su ropa por colores, cosa que no le resultó muy difícil, puesto que su armario se basaba únicamente en prendas negras, grises y alguna que otra camisa roja o pantalones vaqueros, igualmente demasiado oscuros.
Estando las tres lavadoras desocupadas, no tuvo problemas para lavar toda su ropa enseguida. Terminado su trabajo, sentado en el sofá, con un pitillo en la boca, se quedó a observar girar su ropa en un torbellino oscuro, a través del cristal de la rueda del aparato. Y entonces se paró a pensar. A pesar de que tenía vagos y confusos recuerdos de su encuentro con el ángel… ¿Ella había dicho que no estaba demostrado que era un caído? Suspiró, abrumado. Si no era un caído ¿Qué era…?
“Una abominación obra de demonios enfermos” Quedó bloqueado en esta frase, se respaldó aún más en el sofá y le dio una nueva calada a su cigarro. Acabó dejándose caer en el sofá, vencido. No quería pensar de nuevo en eso. Él era un niño normal, bueno… normal dentro de lo que cabe. Su familia siempre había estado rota y en un triste estado decadente, su padre siempre había sentido una patente indiferencia por lo que hacía o dejaba de hacer, su madre sufría a causa de su enfermedad y poco podía hacer desde el centro psiquiátrico en el que estaba ingresada, salvo darle ánimos cuando Gabriel tenía ocasión de visitarla. Mataba y había nacido heredando la misma enfermedad que poseía su madre. Sin embargo… él era humano, no podía ser otra cosa. De repente, la imagen de su reflejo en el cristal de la ducha, cuando Akira lo tocaba y sus ojos se teñían de color rojo al contacto con el demonio, llegó a su mente.
-         Soy humano. –dijo, en voz alta, casi con desesperación.
Claro que era humano, pensó, mientras observaba el humo del cigarro flotando alrededor de su cabeza, definitivamente se le estaba yendo la cabeza si pensaba en aquel asunto.
El sonido del crujir de la puerta al cerrarse lo sobresaltó, y se incorporó rápidamente, sentándose nuevamente recto sobre el sofá.
Akira estaba en la puerta, mirándole con gravedad.
Gabriel no supo que decir, se estaba quemando los dedos, con su cigarro gastado, así que antes de decir nada decidió apagarlo, justamente en su muñeca. Antes de que se hubiera dado cuenta, Akira había avanzado hacía él y había atrapado su muñeca, antes de que hubiera podido hacer nada. Lo que quedaba el cigarrillo se le escurrió de la otra mano y cayó al suelo. Gabriel miraba conmocionado a Akira, sin saber que decir, ni que hacer, estaba práctica e incómodamente bloqueado.
-         ¿Quién te hizo eso? – exigió saber él, mirando con ojo crítico aquella marca morada en forma de circulo que manchaba la pálida piel de su muñeca.
Gabriel se revolvió.
-         ¿Para que quieres saberlo? Mi misión es asesinar y seguir tus órdenes. Cumplo mi trabajo perfectamente. No hay necesidad…
-          ¿Tengo que repetirlo, Gabriel?
Este bajó la cabeza, Akira seguía sosteniendo en alto su muñeca, apretándola.
-         ¿Tu mismo? No ¿Verdad?
Él negó con la cabeza.
-         Mi padre. –dijo finalmente. –Tenía la costumbre de apagar sus cigarros ahí. Estoy tan acostumbrado, que…  yo mismo los apago en el mismo lugar. No siento dolor… ya no…  
Los ojos de Akira relucieron, peligrosamente. Soltó su muñeca, abruptamente. Gabriel frunció el ceño.
-         ¿Has venido aquí solo para esto? –gruñó, picado.
El demonio negó con la cabeza.
-         No.-dijo.- Vengo a decirte que me voy. Los demás ya están al tanto de ello.
-         ¿Te vas? ¿Dónde? Espera… ¿Voy a tener que ir contigo?
-         Creo que he especificado que ME voy. –replicó él.- Tú te quedarás aquí. Con los otros.
-         Pero ¿Y las misiones?
-         Quedan canceladas hasta mi regreso.
Gabriel apretó los labios, intentando ocultar su alegría porque no tendría que asesinar a nadie durante una temporada, aunque fuera un tiempo reducido.
-         ¿Y el equilibrio? –siguió él, que no terminaba de entender porque motivo aquello era tan importante como para echar a peder dos meses de trabajo.
-         Las razones de mi partida son más importantes que el equilibrio. –comentó, lo miró fijamente, luego dijo.- En mi ausencia, necesito que tengas especial cuidado contigo. Hazme el favor de no salir mucho de esta casa, ¿Me has entendido? –de repente se sacó un sobre de la manga y lo deposito a su lado en el sofá.- Usa esto cuando lo necesites.
Gabriel no estaba muy interesado en el contenido del sobre, así que fijó su atención en Akira y preguntó:
-         ¿Qué podría pasarme?
-         Nada bueno. –repuso él, sombrío.
Gabriel frunció aún más el ceño, denotando molestia.
-         ¿Por qué tengo la sensación de que me ocultas algo?
-         Tu trabajo es asesinar y obedecer. Tú mismo lo dijiste antes. Así que no es de tu incumbencia las cosas que estén ocurriendo en el ambiente demoníaco.
-         ¿Hay más demonios? –quiso saber Gabriel. –A parte de ti, quiero decir.
-         Pocos, pero los hay. Y mejor que no te cruces en el camino de ninguno.
-         ¿Por? Se supone que estoy de vuestra parte.
-         Tú estas de mi parte. Única y exclusivamente de mi parte, Gabriel. Ningún otro demonio debe influir ni mandar sobre ti.
-         Ninguna persona es dueña de nadie.-negó Gabriel. –Además ¿Para que querrían dañarme a mí o a los demás?
-         Los demás me traen sin cuidado, son simples caídos.
Gabriel abrió la máximo sus ojos y como si le hubieran pellizcado, se levantó de su salto.
-         ¿Qué acabas de insinuar? –farfulló.
-         Nada.
-         Acabas de decir que los demás son simples caídos… ¿Y yo?
-         Tú ¿qué? –Akira parecía irritado.
-         ¿Por qué iba a ser más o menos importante que los demás? –quiso saber, alzando la voz, más de lo necesario.
-         Yo no he dicho eso.
-         ¿Qué soy yo? –soltó Gabriel, de golpe. –Dices que no soy como los demás… mis ojos se vuelven rojos…y…
-         Imaginaciones tuyas, Gabriel.
-         ¿Imaginaciones? –repitió él, rozando la histeria.
Akira dio media vuelta.
-         Recuerda lo que te he dicho. Preferiblemente me gustaría que no salieras de la mansión hasta mi regreso.
-         ¡Espera! –chilló él.- ¡Tú y yo no hemos terminado de hablar! ¡Quiero respuestas!
El demonio se volvió hacia él, entre furioso y exasperado.
-         Y no, no me digas que son imaginaciones mías… -finalizó Gabriel, casi sin aliento.
Akira se quedó callado, con el ceño fruncido, parecía que iba a decirle algo importante. Vio la vacilación en sus ojos. Estaba muy equivocado si pensaba que iba a darle respuestas.
-         Gabriel, eres esquizofrénico. –soltó, abruptamente y con una fría contundencia.- Tu mente inventa la mitad de lo que ves. Tu mente se divierte haciéndote pensar idioteces y no distinguirías lo que es real de lo ficticio. Tus ojos no se vuelven de ningún color. Son azules.
Gabriel calló, de súbito, como si de repente su batería se hubiera extinguido. Él lo sabía perfectamente, desde que era muy pequeño había sabido aceptar lo que era. Su problema. Ese dolor que sentía también era producto de su mente enferma, y ni siquiera sabría decir si aquello era real o una simple fantasía. Pero nadie, nunca, le había dicho a la cara aquello. La verdad, afilada y desnuda, que lo hacía sangrar de nuevo por dentro. No pudo evitarlo, se desplomó de rodillas, y encogido sobre si mismo, reprimió las ganas de echarse a llorar.
Akira salió de la habitación, y desde el pasillo podía oír el silencioso sollozo del joven tokiota, soltó aire.
-         Pronto dejarás de vivir esta mentira, Gabriel.-dijo, antes de marcharse.

Ingrid estaba demasiado amodorrada, y zarandeó la cabeza por quinta vez aquella mañana, intentando despejarse. No estaba en su casa, sino en la sede de una fundación benéfica. Ella y otras voluntarias estaban haciendo pasteles, que luego serían vendidos en un mercadillo para ganar ingresos y enviar ropa y alimentos a países del tercer mundo. No era la primera vez que hacían una campaña como aquella. Katerina estaba a su lado, preparando la masa, mientras ella se encargaba del relleno de chocolate. Apenas hablaban, concentradas en su tarea. A pesar de que sus manos se movían ágilmente y con cierta maestría adquirida por trabajos anteriores similares a este, sus pensamientos estaban en otro lugar.
¿Gabriel? ¿Ese era su nombre? No entendía porqué no se había opuesto a llevarla a ver al ángel y porque parecía molestarle o dejarle prácticamente perplejo el que ella le hubiese ayudado cuando se desmayó. También estaba el hecho de lo que había visto cuando el ángel había rozado su frente. Sus ojos se habían vuelto rojos y un profundo dolor había invadido al muchacho. Zarandeó la cabeza de nuevo. ¿Por qué no podía quitarse a ese chico de la cabeza? Debía de centrarse en su vida y poner de una vez los pies en el suelo.
-         Ingrid ¿Te pasa algo?
La pregunta de Katerina la pilló desprevenida y no supo que contestar.
-         Nada.-mintió. –No he dormido bien. Tengo sueño. Eso es todo.
-         Últimamente estás demasiado rara. –comentó ella, pensativa. – Por cierto… ¿Has pensado ya si vas a tomar mi propuesta?
Ella se sobresaltó, ni se había acordado.
-         Esto…
Por suerte, una voz que la llamaba por su nombre retumbó en la habitación.
-         ¡Ingrid! –era la voz de su hermano.
La joven frunció el ceño.
-         Oh, por favor, ¿Qué querrá ahora? –refunfuñó por bajo, aunque sentía cierto alivio por que ya no tendría que contestar.
Thomas solía ir a verla cuando ella estaba trabajando, algunas veces para decirle que estaba desperdiciando su vida y otras para gorronear algo. En esta ocasión estaba segura de que se trataba de lo segundo. No era la primera vez que Thomas iba a visitarla tan solo para conseguir unos dulces, o carantoñas por parte de las otras voluntarias jóvenes.
Un cuchicheo se había extendido a lo largo de la sala, donde chicas y chicos cocinaban, más por parte de las chicas, que por la de los chicos, que ciertamente la entrada del hermano de Ingrid les resultaba ciertamente indiferente. Sin embargo, esta vez el barullo fue mucho más escandaloso e Ingrid descubrió la razón, cuando vio a su hermano acercase a ella, con otro chico de aspecto siniestro que le seguía, pegado a su espalda. Sin duda alguna debía de tratarse de Gabriel, vestido con una blusa negra que ponía con letras grandes: Death Soul, pantalones negros con dos grandes agujeros en la parte de las rodillas, y aquel pendiente del crucifijo, colgando de una de sus orejas.
-         Adivina a quien te traigo, hermanita. –rió Thomas.
Ingrid ladeó la cabeza.
-         ¿Qué hacéis los dos juntos? –preguntó, perpleja.
-         Ah, me lo he encontrado en la tiendo de música donde suelo ir a comprar. Me ha preguntado por ti, y aquí estamos. –explicó Thomas, con una sonrisa.
Vio como Gabriel se encogía de hombros, detrás de su hermano.
La verdad es que Gabriel no pensaba salir de la mansión en los últimos días, así que decidió ir a por música. Estaba intentando robar un mp4 cuando se cruzó con Thomas.
Katerina no le quitaba ojo a Gabriel, lo miraba descaradamente, sin tener en cuenta que esto podía incomodar al muchacho. En cambio, cuando los ojos de la futura monja se cruzaron con los sobrenaturales ojos del chico, algo hizo que bajara la cabeza rápidamente. No podía ver salvo caos en aquellos ojos azules.
-         ¿Es tu amigo? –quiso saber Katerina, a media voz.
Ingrid asintió.
-         Ehm, Katerina… él es Gabriel. Gabriel ella es Katerina.
-         ¿Gabriel? –pronunció su nombre con sorna.
-         Mucho gusto.-dijo Gabriel, atropelladamente.
Unos pasos hicieron que todos los muchacho se volvieran.
-         ¿Se puede saber que haces aquí, Thomas? –era una de las fundadoras de la asociación, la cual conocía al muchacho de sobra, y había previsto sus intenciones.- Si vienes a gorronear pastelitos ya puedes ir dando media vuelta. Que tú y yo ya nos conocemos.
-         ¡Oh, Rosalie! –exclamó él, con una sonrisa picarona.- ¿Te he dicho lo guapa que estás hoy? El delantal manchado… te sienta de maravilla. Deberías ir así más a menudo.
Rosalie lo miró como si estuviera reprimiendo sus ganas de abofetear al fresco chico, en cambio se cruzó de brazos sobre el pecho y declaró:
-         No cuela, listo. Así que ya te quiero ver moviendo tus piernas hacia la salida.
Thomas bufó, indignado.
Rosalie miró más allá, percatándose de la presencia de Gabriel.
-         ¿Y tu muchacho? ¿También vienes al buffet libre de pastelitos gratis?
-         No, señora… -empezó él.
-         Estupendo. Pues uno más. –dirigió la mirada hacia Ingrid.- Tú, asegúrate de que el chico trabaja.
Gabriel se quedó en el sitio, perplejo. Thomas le dio unas cuantas palmaditas en el hombro, amistosamente.
-         ¿No querías ver a Ingrid? Pues ahí lo tienes, ahora vas a pasar todo el día con ella.
El joven tokiota apretó los labios, con resignación. Luego miró a Ingrid, y admitió, en voz baja:
-         No he cocinado un pastel en mi vida.
-         No importa, puedes irte cuando Rosalie este despistada, si quieres.-le dijo ella, igualmente en murmullos.
-         ¡Tú! ¡El de negro! Voy a tenerte vigilado. – gritó Rosalie, desde la otra punta de habitación.
Gabriel rió por bajo, divertido.
-         Creo que voy a tener que quedarme contigo. –repuso.
-         Entonces yo te enseñaré.-le dijo ella, con un ligero entusiasmo.
Ingrid le señaló un enorme bol.
-         Antes que nada hay que hacer un bizcocho. –explicó.
Para ello había que mezclar en un bol huevos, azúcar y aceite, ayudándose con una batidora. A continuación, había que agregar la harina con la levadura y se seguía batiendo.
-         Ve haciendo tú eso que yo me encargaré del relleno de chocolate. Avísame cuando termines.
Gabriel estaba liado con la batidora, intentando no salpicar y llenar su camisa de masa para bizcochos. Y mientras que Ingrid preparaba el chocolate, en otro bol, de un tamaño más reducido, ella dijo:
-         ¿De verdad te llamas Gabriel?
Él se volvió hacia ella, y asintió.
-         ¿Crees que le mentí a tu hermano?
-         No es eso…
-         ¿Entonces? –preguntó mirándola interrogante, intentando controlar la batidora.
-         Gabriel es el nombre de un ángel. Uno de los importantes además.
Él se echó a reír con la revelación. Su risa era siempre ciertamente histérica, pero a Ingrid no pareció alterarle este hecho, pues le devolvió una sesgada medio sonrisa.
-         Pega poco conmigo ¿cierto? –Dejó de reír, y confesó.- Mi madre se llama Gabriela, por lo cual a mí me llamaron Gabriel.
-         Tu nombre… es precioso.-dijo ella entonces, estaba inclinada sobre el cuenco, derritiendo el chocolate y mezclándolo con leche, y su rostro quedaba oculto tras su mata de pelo negro azabache.
Antes de que se hubiese dado cuenta, Gabriel estaba apartándole el pelo de la cara. Había detenido la batidora, y una ligera sonrisa curvaba su boca.
-         ¿Terminaste? –dijo ella, apartando la mirada de él.
-         Eso creo.-dijo Gabriel, apartando su mano y señalando con el mentón el bol.
-         Bien –dijo ella, y comenzó a darle nuevas instrucciones.
Tenía que rellenar con la masa, unas plantillas con forma cuadrada, para hacer bizcochos pequeñitos y darle forma, luego, debía meterlos en el horno.
Mientras que Gabriel seguía atareado, este intentó iniciar de nuevo la conversación.
-         Ingrid…
-         ¿Sí?
-         Me preguntaba… ¿Qué te dijo el ángel?
-         Nada en particular. Tan solo me dio un libro. –se encogió de hombros.- Se supone que allí esta toda la información.
-         ¿Lo has mirado?
-         No he tenido tiempo.
-         ¿Cómo que no?
-         Estuve cuidando de ti, y hoy he madrugado para venir aquí. El tiempo restante lo he gastado en dormir. Me marcó un ángel, no un murciélago… Aún así, empezaré a examinarlo esta noche. Espero no acabar muy cansada.
Gabriel asintió, reflexivo. Ella le miró, un momento, y como si le hubiera leído la mente, preguntó:
-         ¿Quieres preguntarme algo más?
Se volvió hacia ella, con las manos llena de masa de bizcocho y dijo:
-         Quiero saber lo que viste… cuando ese ángel me tocó.
Ingrid abrió al máximo sus ojos marrones, en su mente apareció la misma escena, los ojos de Gabriel volviéndose rojos, el mismo color de la sangre y luego los gritos, él tirado en el suelo, victima del dolor.
-         Tus ojos… se volvieron rojos.-susurró.
El joven por poco no deja caer la plantilla con la masa. Akira le había mentido, sí, aquello no era producto de su mente. Ella también lo había visto. Había algo en él que no dejaba de fallar, algo que no estaba bien.
-         No es la primera vez que esto me ocurre.-dijo.
-         ¿Te refieres a lo de los ojos… o a los gritos de después?
-         Ambas cosas. Nací enfermo, y justo cuando ese ángel me tocó… sentí el mismo dolor que siento cada vez que me dan ataques debido a mi enfermedad. Pero… esto ya ocurrió otra vez, cuando mi jefe me tocó estando en su forma de demonio.
-         ¿Qué dice tu jefe al respecto?
-         Que me lo invento. –repuso él, abatido. –Culpa a mi enfermedad de ello.
-         ¿Tu enfermedad?
Gabriel calló, bajó la mirada. E Ingrid comprendió que no quería hablar de ello.
-         Esto está listo para meterlo en el horno. –anunció Gabriel.
Oprimió su muñeca, en señal de consuelo, y siguieron su trabajo.
-         Tu jefe te oculta algo. –dijo.
-         Lo sé. –suspiró él.-Además, están ocurriendo cosas extrañas en el mundo de los demonios. –dijo.
Ingrid alzó la vista, sorprendida.
-         ¿Cosas extrañas? ¿Cómo?
-         No lo sé. –admitió Gabriel. –Apenas me han dado explicaciones. Lo único que puedo decir es que mi jefe se ha ido, no sé por cuanto tiempo. Tiene asuntos más importantes que hacer que estar aquí asesinando a diestro y siniestro.
-         ¿Quieres decir que…?
-         No tendré que matar mientras él este fuera.
Ingrid le sonrió.
-         ¿Esto te alegra?
Él asintió.
-         Tan solo voy a decirte que ahora que voy a estar libre, pienso hacer aquello que me pidió tu hermano.
-         ¿Y que te pidió mi hermano? –quiso saber ella, mirándole socarrona.
-         Quiere que pase tiempo contigo.
Ella sonrió, ciertamente alagada.
A Gabriel no le importó llenarse hasta los codos de masa, no le importó oír lo gritos de Rosalie, ni ver las miradas de soslayo que le echaba Katerina, que se había apartado nada más llegar él e incorporarse en el trabajo. Pero en el fondo le daba igual…
Necesitaba hablar con Ingrid de aquello, sentía demasiadas dudas acerca de lo que estaba ocurriendo y tenía la leve seguridad de que ella podría ayudarle.
A la salida, cuando ambos estaban sentados en los escalones de la entrada de la sede benéfica, Ingrid descansando y mirando el cielo nocturno, apoyando la espalda en las rodillas flexionadas de Gabriel, que, sentado un escalón más arriba se fumaba un cigarro, Rosalie apareció junto a ellos, cargando con un recipiente de plástico, lleno de pasteles que habían sobrado. Parecía fatigada y el reluciente moño que llevaba por la mañana, ahora estaba caído, pero en su expresión se leía satisfacción.
   -  Buen trabajo.-les dijo a los dos, guiñando un ojo.
Ambos la miraron, con el cansancio reflejado en sus ojos. Ella sonrió y abrió el recipiente, lo extendió hacia Ingrid y preguntó:
-         ¿Queréis coger algunos?
Gabriel negó lentamente, mientras que Ingrid se acercó y tomó uno. Unas gracias salieron de su boca, antes de morder con ganas el dulce.
-         Nos veremos la semana que viene. –Dirigió una breve mirada a Gabriel antes de alejarse calle abajo y dijo. –Espero verte a ti también.
Se habían quedado solos, iluminados tenuemente por las farolas, estando también la calle desierta por ser ya demasiado tarde, y la mayoría de la gente debía de estar cenando a aquellas horas. A decir verdad, Gabriel se moría de hambre. Pero estaba demasiado acostumbrado a negar todo lo que le ofrecían. Suspiró, quedadamente.
-         Oye ¿De verdad que no quieres? –oyó decir a Ingrid.
-         ¿Me das un poquito?
-         Bobo, deberías haber cogido uno. –le reprendió ella, cariñosamente, mientras echaba el brazo hacia atrás, acercando el dulce a Gabriel.-Pégale un mordisco.
Gabriel se inclinó hacia delante, y mordió el dulce. No estaba mal, y se preguntó, mientras masticaba si los que había preparado con Ingrid sabrían iguales, o por el contrario sabrían peor, cuando, Ingrid se volvió hacia atrás.
Katerina estaba ahí, en el descansillo de las escaleras, observándoles con una extraña expresión pintada en su rostro de aspecto infantil.
El joven asesino reprimió la decena de frases bordes que podría haberle soltado a la chica en aquel momento, sobre todo por que tenía la boca llena.
-         ¿Qué pasa? –quiso saber Ingrid.
-         Ustedes dos. Parecéis una pareja de enamorados. –dijo, tajante.
Ingrid pareció ruborizarse, y Gabriel se quedó sin palabras.
-         Además, Ingrid ingresará pronto conmigo en un convento religioso.
Gabriel por poco no se atraganta e Ingrid frunció el ceño.
-         Pues vaya desperdicio.-dijo finalmente Gabriel.
-         ¿A que te refieres? –replicó Katerina, molesta.
-         Ingrid es demasiado guapa para eso.-dijo, acomodándose en el respaldo del escalón.
La aludida pareció ruborizarse aún más.
-         ¿Insinúas que soy fea? –Katerina parecía indignada.
-         Una cosa es insinuar y otra muy distinta lo es afirmar.-le respondió él, con frescura y guiñándole un ojo.
Ella bufó, irritada.
-         Imbécil.-masculló, bajando las escaleras con furia.
Y para cuando ya estaba a punto de perderse, Gabriel se levantó y  le gritó:
-         ¡Una chica que está a punto de colgarse el hábito no debería decir ese tipo de palabras¡ ¡Te echaran del convento si hablas de esa forma, jovencita!
Katerina comenzó a refunfuñar, en voz lo suficientemente alta como para que ambos se enterasen. Ingrid se echó a reír.
-         Has sido muy duro con ella…
-         Ha sido divertido.-terció él.
Ella sonrió, mientras Gabriel se sentaba junto a ella.
-         ¿Me acompañarías a casa? –quiso saber ella.
Este se levantó de inmediato, agarró su mano para ayudarla a levantarla, y ambos caminaron calle abajo. No hacía falta que dijese nada, Ingrid ya sabía que él llegaría hasta la misma puerta de su casa con ella. 

miércoles, 3 de agosto de 2011

Capítulo 14. La jefa de Ingrid.

Gabriel ladeó la cabeza, confuso, mientras miraba a Ingrid fijamente.
-         Verás, no he dejado de pensar en lo que me dijiste anoche. –Argumentó ella.- En lo de que tu jefe es un demonio… y en sobre que o quien es exactamente la persona que me entregó el don.
-         Sí...-dijo él, tratando de seguirla.
-         Y entonces, esta mañana recordé…ella me dijo que ante cualquier duda que tuviera acerca de mi misión, tan solo tendría que volver al lugar de lo ocurrido y ella misma me lo aclararía todo… Dijo algo así como: “Eres demasiado pequeña como para entender en lo que te has convertido”
-         Entonces ¿Quieres que vayamos a ese lugar? –adivinó él.
-         Así es. –asintió ella.
Ingrid pensó que él querría saber porque debía de llevarla allí, cuando ya había hecho más que suficiente salvándola de los asesinos. Pero en cambio, él se sentó en la moto, y con el casco entre las manos, dijo:
-         Vas a tener que guiarme. –al ver la cara de sorpresa de la chica, añadió. – Que ¿Pensabas que no iba a querer llevarte?
Ella asintió.
-         Pues te equivocas. Soy el único de mis compañeros al que verdaderamente le preocupa saber lo que verdaderamente quiere mi jefe. Y tú pareces ser también la única que quiere saber que es lo que están haciendo con nosotros…. –Gabriel se puso el casco e inquirió.- ¿Dirección?
No había especificado que también estaba el hecho de que más que nada quería estar con ella, deseaba volver a sentir sus brazos alrededor suyo, lo más parecido a un abrazo que él había recibido jamás.
Ingrid se arrimó a él, mientras que la moto traqueteaba, lista para arrancar.
-         Sigue recto, no tardaremos en encontrarnos una señal que pone: Applefields, allí giraremos a la derecha. No tardaremos en llegar. Está bastante cerca.
Gabriel asintió, con el casco de nuevo ocultando su rostro de rasgos asiáticos, sintiendo de nuevo a la chica pegada a su espalda. La moto arrancó, y en cuestión de segundos, se toparon con aquel cartel que indicaba torcer a la derecha. La carretera se disolvió, volviéndose el camino de tierra, rodeado de campo verde y lustroso, lleno de manzanos. Pasado un rato sintió la mano de ella, oprimiendo su hombro.
-         Aquí es.
Gabriel detuvo el vehículo. En efecto, un poco más allá había un pequeño establo de madera, pintado de blanco, con un enorme cartel que ponía: Cerrado.
Ingrid bajó de la moto, despacio.
-         ¿Me esperas aquí? – quiso saber.
Él asintió, lentamente e Ingrid le dio la espalda y comenzó a caminar hacia el establo abandonando, segura de si misma, de soslayo observó al joven asesino, cruzado de brazos y apoyado en su moto, a su lado su casco colgaba balanceándose en el manillar.
Rodeó el establecimiento, ahora ruinoso y vacío que le traía numerosos recuerdos. Quizá aquello solo lo había soñado y estaba perdiendo el tiempo buscando a una mujer que ni siquiera existía. Pero debía intentarlo. Cuando estaba examinando una ventana, para ver si podía abrirla, alguien tocó su hombro. Ella se sobresaltó y al darse la vuelta contempló, totalmente estupefacta a la mujer de gesto bondadoso que la miraba con una calmada sonrisa en su delicado rostro.
-         Ingrid. –dijo la mujer.
Ella ladeó la cabeza.
-         Has venido aquí por que tienes dudas ¿cierto? Me alegro de que recordaras este detalle.
Ingrid tragó saliva, y asintió.
-         Dime lo que quieres saber, y te responderé.
-         ¿Qué eres tú?
Ella se rió, y ante los ojos de Ingrid alas le brotaron de la espalda, alas blancas de ángel, y de nuevo apareció aquel resplandor blanco y cegador.
-         Un…
-         Ángel. –terminó la mujer.
-         ¿Cómo es posible? –Ingrid era incapaz de creérselo. -Dios, en estos momentos tengo millones de preguntas… ¿Por qué? ¿Qué hicisteis conmigo?
-         Eres una elegida, Ingrid. Tus acciones y todo lo que haces mejoran a la humanidad. Los ángeles cada vez somos menos y necesitamos a personas que se ocupen de nuestras tareas, de hacer de este mundo un buen lugar para vivir. Y desde que recibiste el don lo has hecho todo de maravilla.
Ingrid estaba tratando de asimilar la información, a su cerebro le estaba costando procesarla.
Ella estaba rebuscando algo entre los pliegues de su vestido blanco, y tranquilamente sacó un libro con unas alas de ángel cosidas con un finísimo hilo blanco en la pasta cubierta de terciopelo verde.
-         Toma. –dijo colocándolo en una de sus manos.- Puede que esto te ayude a resolver tus dudas.
Ingrid examinó el libro, lo hojeó brevemente y luego se volvió para mirar al ángel.
-         Gracias.
Pero ya su ángel no le prestaba atención, miraba más allá, como si pudiera atravesar las paredes desgastadas de madera del establo y ver a través de ellas. Ingrid sabía que era lo único medianamente interesante que estaba detrás del establo, apoyado en su moto, estaba el asesino de los ojos azules.
-         No me gusta ese chico con el que has venido. –musitó, sin apartar la vista de él. – Un aura muy oscura lo rodea.
-         Trabaja para un demonio. –dijo ella, por toda explicación.
-         Chax.-dijo ella. –Su esencia lleva la firma de Chax, indudablemente. Pero no… es normal.
-         ¿A qué te refieres?
Ella le dio la espalda, lenta y majestuosamente se fue acercando al asesino, que estaba mirando el cielo, pensativo y absolutamente abstraído. Hasta que antes de que Gabriel quisiese darse cuenta, una luz resplandeciente y blanca lo rodeaba, y entonces la vio. Imponente e increíblemente real, un ángel femenino se alzaba ante él. Su mirada era seria y lo miraba con una mezcla de interés y repulsión.
Gabriel miró, inquieto a su alrededor, buscando con cierta desesperación a Ingrid, pero aquella cegadora claridad le impedía ver más allá. Regresó su mirada al ángel, que se hallaba de pie, a pocos centímetros de él.
-         Hay algo en ti… -dijo el ángel. –Llevas la muerte en tus ojos.
Gabriel podía oír unos pasos corriendo hacia ellos, y esperanzado aguardó a que fuera Ingrid. A lo mejor ella era capaz de explicarle lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Sabía que el puzzle estaba ahora completo. Estaba claro de que si existían demonios, también tendrían que existir ángeles. Y como era evidentemente lógico, los demonios querrían exterminar a los ángeles. Su cabeza daba miles de vuelvas… Por otro lado estaba el hecho de lo que le estaba diciendo el ángel. Era normal que viera algo en él.
-         Soy un Caído. –testificó Gabriel, mirándola fijamente.
Ella frunció levemente el ceño.
-         Eso no está demostrado.-manifestó, molesta y alargó su blanco brazo, la punta de su redonda uña rozó su frente.
Y cuando, ella posó sus dedos fríos, sobre su frente, Gabriel pudo ver a Ingrid detrás del glorioso ángel, mirando la escena, sobrecogida. Fue entonces cuando pasó, cuando el dolor brotó de sus entrañas, sacudiéndolo con violencia.
Ingrid lo vio perfectamente, los ojos del asesino se habían iluminado, tornándose rojos como el mismísimo infierno, y en ese momento, él chillo, a la vez que caía de rodillas en el suelo. Temblando violentamente, y abrazado a si mismo, hundiendo sus uñas en su cazadora de cuero, observó al ángel, mientras el sudor perlaba su frente.
-         ¿Qué… me has… hecho? –jadeó, ahogándose.
El ángel lo miraba imperturbable, cuando en ese momento, ella cerró el puño y el dolor se volvió insoportable. Gabriel intentó reprimir gritar de nuevo, no quería que Ingrid lo viera de aquella manera, no quería que lo viera enfermo… pero aquello era demasiado, parecía que lo estaban rompiendo a tiras, el escozor era infinito. Y chilló, llevándose las manos a la cabeza, que martilleaba y amenazaba con estallar, se derrumbó en el suelo, sufriendo numerosos espasmos, con los brazos intentó ocultar su rostro.
-         ¡Para! –oyó la voz de Ingrid. -¡Déjalo, por favor!
El ángel se apartó un poco de él, pero el dolor no pasó, se redujo en intensidad, pero aquella horrible sensación que lo mataba por dentro seguía ahí, torturándole en silencio.
- ¡Por todos los ángeles! –Exclamó ella.- ¡Enfermos demonios!
Gabriel alzó la cabeza, mirándola con la huella del sufrimiento en su pálido rostro, sin poder ni siquiera levantarse.
-         Tú eres una abominación. Una impureza. Jamás debió de haber nacido algo como tú. Demonios enfermos, demonios enfermos, demonios enfermos…
 Y en ese momento el majestuoso ángel se desvaneció, e Ingrid corrió hacia el cuerpo del asesino, se agachó junto a él, y sin atreverse a tocarle, le dijo:
- ¿Estás bien?
Gabriel soltó aire, y respiró profundamente. Veía su rostro desenfocado y todo parecía dar vueltas.
-         Sí…-mintió él.- En unos minutos estaré de nuevo en pie y…
Parpadeó varias veces,  su vista se iba oscureciendo lentamente y el cuerpo dejaba de responderle, hasta que acabó cayendo inerte en el suelo, como un muñeco sin vida, victima de aquel persistente dolor.
Ingrid lo zarandeó suavemente, habría chillado su nombre de haberlo sabido. Rápidamente le tomó el pulso, y para su alivio descubrió que tan solo se había desmayado. A duras penas, logró montarle en la moto, y con ella logró llegar a su casa. El camino fue largo y fatigoso, Ingrid debía de aguantarlo en todo momento, preocupada por que cayera al suelo, avanzó a poca velocidad. Debía admitir que el muchacho no pesaba mucho, pero se le escurría con facilidad de sus brazos menudos.
Loca de alegría, y totalmente agotada llegó a su casa, en un principio decidió guardar la moto en su garaje y cargó con el joven asesino hasta su habitación, dos plantas más arriba. Los brazos apenas le respondían cuando tumbó al muchacho sobre su cama. Suspiró y procedió de tomarle la temperatura. Estaba ardiendo. Alarmada, le quitó las botas y las dejó debajo de su cama, hizo lo mismo con los guantes y su cazadora de cuero.
No podía llevarlo al médico, debido a que aunque había tenido la suerte de que aquel día Thomas estuviese fuera con los amigos, eso no quitaba que hicieran preguntas si se enteraban de que algún doctor pisaba su casa. Por lo cual, decidió cuidar al muchacho ella misma. Lo que le trajo muchas preocupaciones. El joven se revolvía en su cama de súbito y se pasó toda la noche susurrando en japonés, e Ingrid no entendía nada de lo que le decía. A la mañana siguiente ella intentó despertarle, pero cada vez que le hablaba, él, con los ojos cerrados le respondía de nuevo en japonés.
Ingrid estaba cada vez más frustrada y desanimada, temiendo por la vida de aquel asesino. Hasta que por fin, por la noche, cuando ella se sentó en la cama, dispuesta a tomarle el pulso, puesto llevaba un buen rato sin moverse. De repente él abrió los ojos, y antes de que ella se hubiese dado cuenta, su cuerpo yacía recostado sobre la cama, él había despertado, y ahora estaba encima suya, oprimiendo su cuello con sus manos. Ingrid se quedó quieta ante tal ataque. Hasta que, de un salto él se apartó de ella, chocando contra el cabecero de su cama.
-         Ingrid.-susurró él. – Lo siento, pensé…
Ella se incorporó, lentamente.
-         Estás débil. –comentó.
-         ¿Te he hecho daño?
-         Estás débil.-repitió ella. –No podrías hacerme daño aunque quisieras.
-         Lo siento…
-         He debido asustarte.
Él se dejó caer en la cama, y ella se levantó.
-         ¿Dónde estoy? –quiso saber Gabriel.
-         En mi habitación. Ayer, te desmayaste.
-         ¿Ayer? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-         Un día y una noche.-informó ella.
-         Uf –resopló él.- ¿Durmiendo en tu cama?
-         Ajá.
Abrió mucho los ojos y preguntó.
-         ¿Y tú donde has dormido?
Ella señaló con la cabeza un saco de dormir colocado al lado de la cama, en el suelo, donde yacía su almohada y una gruesa manta púrpura.
-         Oh.-exclamó. - ¿Por qué te tomas tantas molestias? Haberme tirado a mí ahí en el suelo. Mi cama en Japón era bastante parecida.
-         ¿Bromeas?
-         Para nada. Es más, ni siquiera deberías haberme traído aquí….
-         ¿Y te dejaba allí tirado? ¿Estás mal de la cabeza?
Él apretó los labios.
-         Gracias. –musitó, mientras se retorcía las muñecas.
Ingrid se acercó a él, y atrapó sus manos.
-         Vas a hacerte daño, idiota. –musitó deteniéndole.
Gabriel alzó la cabeza, y la miró, algo desconcertado.
-         ¿Por qué?
-         ¿Por qué que, ojos azules? –replicó ella.
Arqueó las cejas al ver que lo llamaba así, luego dijo:
-         ¿Por qué me tratas así? Yo no me lo merezco.
-         ¿Por qué no te lo mereces?
-         Soy un asesino.
-         Y me has salvado.
-         Eso no fue nada. –le restó importancia él.
-         Sí, si que lo fue. Es un primer paso.
Gabriel ladeó la cabeza. Cuando de repente, una voz fluyó desde las escaleras del segundo piso, una voz masculina.
-         ¡Ingrid! ¡Ven aquí!
Ingrid se apartó de él, soltando sus muñecas.
-         Es mi hermano, ahora vuelvo.
Salió de la habitación, y llegó hasta el piso inferior.
-         ¡Ingrid! –la voz ahora provenía del garaje.
Con un mal presentimiento, Ingrid bajó las escaleras en busca de su hermano. Este estaba de pie, con los brazos como jarras en el garaje, con el semblante serio. Ella le hizo caso omiso a la enorme moto negra que había allí aparcada.
-         Hermana ¿Puedes decirme que hace aquí esto?
-         ¿El que? –preguntó ella, haciéndose la tonta.
-         ¡Pues que va a ser! ¡La moto! ¿La has comprado tú?
-         No.
-         ¿Entonces?
-         Ehm…
-         ¿De quién es?
-         Mía. –dijo una voz en la entrada.
Ambos se volvieron para ver como a Gabriel en la puerta, se había puesto las botas y su cazadora. Entró en la habitación, con una media sonrisa iluminando tenuemente su rostro.
-         ¿Y tú quien eres? –quiso saber Thomas.
-         Soy Gabriel. –Reprimió hacer el típico saludo japonés y añadió. –Soy un alumno de intercambio.
-         ¿Y se puede saber que hace tu moto aquí?
-         Tu hermana me está dando clases particulares de matemáticas. –explicó él.
-         ¿Ingrid? ¿A solas con un chico?
-         Haciendo matemáticas. –insistió Gabriel.
-         Pero… ¿Tú no te dedicabas únicamente a hacer milagros, In? –inquirió Thomas, burlón.
-         ¿Y no es un milagro que yo apruebe matemáticas? –bromeó Gabriel, tomando entre sus manos la moto.
Los dos hermanos rieron ante su comentario.
-         Bueno, Ingrid. Creo que yo me vuelvo a la residencia ya. Es tarde. Encantado en conocerte… ¿eh?
-         Thomas. –respondió él.- Por cierto, haber si un día de estos sacas a mi hermana por ahí a divertirse. Se va a amargar entre tantas residencias de ancianos y lugares por el estilo.
Gabriel asintió, y se montó en la moto, mientras Ingrid abría la puerta del garaje. Puso en marcha el vehículo y ates de irse, dijo:
-         Y Ingrid, gracias por todo y perdona por las molestias.
Ella le dedicó una sonrisa, sesgada y calmada, antes de que Gabriel se esfumara de allí.

martes, 2 de agosto de 2011

Capítulo 13. No me lleves a casa.

Tan solo se oían gritos llenos de locura irracional, las enfermeras corrían a toda prisa por los pasillos sucios y descuidados, todo entero pintado de blanco. Nadie parecía darse cuenta de su presencia, de que él había entrado en aquel lugar sellado donde pocas veces las visitas eran permitidas. Caminaba por los pasillos con decisión, sin duda sabía lo que buscaba y donde encontrarlo. Llegó ante una enorme puerta metálica y gruesa, que abrió con un simple empujón. La puerta crujió, detonando que alguien iba a entrar en aquella habitación que había permanecido cerrada durante largos años. Y como ya sabía, allí estaba ella. Sentada en la cama, con la cabeza gacha y su pelo castaño cayendo en gruesas y despeinadas ondulaciones por su rostro, oculta tras aquel matorral de cabello enmarañado.
Ella alzó ligeramente la cabeza y su rostro quedó al descubierto. Su piel era pálida, sus ojos grandes, de color azul estaban muy abiertos y unas oscuras y enfermizas ojeras surcaban la parte inferior de sus ojos. Iba vestida con una simple bata blanca y estaba descalza. Intentó decir algo, pero de sus secos labios no salió ni una palabra, llevaba demasiado tiempo encerrada ahí dentro y sus cuerdas vocales se negaban a volver a funcionar con tal brusquedad.
-         Sra. Navarro. –dijo él.
Ella tembló ligeramente, movida por un resorte de terror, sus pupilas empequeñecidas no sabían a donde mirar, y se retorcía las muñecas, dolorosamente, dando evidentes muestras de su patente nerviosismo.
-         Tú…-dijo, con voz ahogada.
Él avanzó hasta ella, colocándose frente a la prisionera, sus ojos relucieron.
-         Tengo que hablar contigo.-dijo, mirándola fijamente.  
-         ¿Y si a mí no me interesa hablar contigo, Chax? –señaló ella, ásperamente.
-         Vas a escucharme de todas formas, Navarro. –apostilló él, totalmente seguro de sí mismo.
La Sra. Navarro hizo una mueca de resignación.
-         Tuviste algo que a mí me pertenecía.- empezó Akira.
La prisionera se mantuvo callada, en cambio, frunció el ceño, en señal de desacuerdo.
-         Nada mío te pertenece. –dijo pasado un rato, con voz ronca y cansada.- Tú hundiste mi vida, me destrozaste en todos los sentidos. ¿Quieres saber lo que pasó cuando me abandonaste? Decenas de demonio intentaron atraparme, huí de ellos para salvar lo que era mío y lo que nunca dejaría que dañaran.
-         Y no lo conseguiste, por lo que veo. –comentó Akira.
-         Fui ingenua, y me dejé ayudar. Me engañaron, ese muchacho que me dio cobijo y me permitió estar en su casa tan solo era un demonio, que me hizo sufrir durante años, me torturó. Mi casa se llenaba de demonios cada noche y todos ellos se divertían hiriendo a mi pequeño. Y yo no podía hacer nada. No pude hacer nada y acabé aquí encerrada.
-         ¿Un demonio dices?
Ella asintió.
-         ¿Permitiste que un demonio cualquiera le hiciese daño? ¿A quien servía aquel demonio? –bramó él.- ¡Debiste haber intentado localizarme!
-         ¿Y para qué? ¿Para que lo mataras? No era como tú, era débil y se ponía enfermo con facilidad. Lo habrías desechado nada más verlo.
Él la agarró por el cuello y la pegó a la pared, con violencia.
-         Estúpida.-siseó. –Debería matarte por lo que hiciste.
Ella le miró, con el odio palpitando en su interior y acto seguido le escupió en la cara. Akira la soltó, como si estuviera infectada por algún tipo de virus infeccioso. El cuerpo menudo de la Sra. Navarro cayó sobre la dura cama en la que había estado sentada.
-         No vuelvas a tocarme. –advirtió ella, entre jadeos.
Akira se retiró la saliva, con la manga de su traje, la miró con un rictus de desprecio en su rostro de rasgos afilados.
-         Me alegro de que vayas a estar aquí encerrada, para siempre. Eres una molestia.
Ella se levantó y muy digna declaró:
-         Vete de aquí.
-         No pensaba quedarme eternamente, y además, tengo cosas que hacer con respecto a lo que me pertenece.
La Sra. Navarro no supo como reaccionar ante eso, lágrimas corrían por sus mejillas cuando dijo:
-         No… -lo agarró por la camisa, y desplomándose de rodillas sobre el polvoriento pavimente, imploró, con lágrimas deslizándose por sus pálidas mejillas.- Por favor, no quiero que sea un monstruo…
Akira la apartó con un tortazo, y dijo, antes de salir por la puerta.
-         Demasiado tarde. Ya lo es.
Ella cayó sobre el suelo, desolada.
-         Lo lleva en la sangre.-oyó antes de que la puerta se cerrara ante ella.

No había dormido casi en toda la noche, puesto que no había podido parar de pensar en lo mismo. ¿Un demonio? La persona que obligaba a matar al chico de ojos azules era un demonio. Era imposible… pero a la vez, quería creerle. No entendía el motivo por el cual sentía esa especie de fascinación por ese desconocido. Fue por lo que vio en sus ojos el día de su primer encuentro, había algo en él que la hacía desear acercarse y a la vez querer correr lejos de él. Desde aquel día, llevaba su pañuelo negro atado a la muñeca, todos los días, oculto tras la manga de sus camisas o jerseys. Ya que a él se le había caído en las escaleras y ella lo había recogido de allí cuando huyó.
Caminaba medio dormida hacia el instituto, durante el camino se cruzó con varios compañeros de clase y ninguno de ellos la saludó, ni ella se molestó en hacerlo. A Ingrid le importaba poco, su cabeza seguía rumiando el mismo tema. Se pasó las clases intentando recordar a su jefa, a aquella que le había entregado el don de curar el sufrimiento de los demás. Era demasiado pequeña como haberse fijado bien en los detalles de ella, tan solo alcanzaba a recordar que de ella emanaba una especie de luz blanca, brillante y cegadora. Las clases se le pasaron más rápido de lo normal, y cuando llegó a casa una sopa de verduras caliente la estaba esperando encima de la mesa, humeante y apetecible. Si no fuera porque ella odiaba la verdura. Sus padres trabajaban en una tienda en un pueblo cercano a Praga, y tan solo estaban en casa los fines de semana. En cambio, aquel día su madre estaba en casa, puesto que tenía que recoger un pedido en Praga. Seguramente después del almuerzo volvería al pueblo.
-         Hola ¿Cómo te fue en el colegio? –dijo su madre, cuando ella entró.
-         Pues como siempre.-dijo ella, sentándose en la mesa.
Su hermano mayor estaba balanceándose en la silla, su pelo castaño estaba algo despeinado y la miraba burlón, con cierto aire de superioridad.
-         No tiene amigos, mamá. ¿Cómo quieres que le vaya? –señaló, arqueando sus cejas oscuras.
Ingrid removía la sopa con desgana y no le prestó atención al comentario de su hermano.
-         Thomas, tu hermana ha decidido dedicar su vida a los demás, y deberías estar orgulloso de ella. –lo reprendió su madre.
Thomas hizo un mohín y añadió:
-         Lo estaré el día que la vea divirtiéndose.
Ingrid se levantó de la silla de golpe.
-         No tengo hambre.-explicó. –Además hoy me espera un duro trabajo en una residencia de ancianos. Voy a estar toda la tarde allí, liada y debería llegar cuanto antes.
Pronto ya estaba de nuevo abajo, se había quitado su uniforme escolar y llevaba una falda de tablas verde oscura, un jersey negro con el cuello de pico, unos calcetines negros largos que le llegaban a las rodillas y unas botas marrones bajas de cordones.
-         Hasta la noche, Thomas. –se despidió. –Hasta el sábado, mamá.
No era un día diferente de los demás. Ella era una de las pocas jóvenes voluntaria en aquel centro de ancianos. Aparte de otra chica, un año mayor que ella, que dentro de unos meses ingresaría en una convento, llamada Katerina. Esa tarde, las dos estaban caminando por los pasillos de la residencia de ancianos.
-         Ya sé la fecha definitiva.- Había anunciado Katerina.- Me voy dentro de dos meses, a principios de 2.012.
Parecía ansiosa y complacida, lo cual alegró a Ingrid.
-         ¿Y tú que? –quiso saber Katerina.- ¿Qué vas a hacer con tu vida?
-         ¿Yo?
Katerina asintió.
Huir a un lugar lejos y vivir, quiso decir, pero en cambio se encogió de hombros y manifestó:
-         No lo sé.
-         ¿Por qué no te vienes conmigo?
-         ¿Al convento?
-         Así es. –asintió Katerina. – Así al menos tendré a alguien conocido allí.
-         Seguro que conocerás a más gente, Katerina.-musitó ella, tranquilizadoramente.
Katerina calló, la miró pensativa y comentó:
-         ¿Qué te pasa hoy? Te veo… distraída. ¿Se puede saber en que piensas?
En demonios y asesinos medio japoneses con sobrenaturales ojos azules, podría haber confesado, sin embargo, la verdad de nuevo, no fue su respuesta:
-         En algo que me preocupa.
-         ¿Sobre qué?
Ella se mordió el labio inferior, indispuesta a contestar, cuando en ese mismo momento, se oyó un estrepitoso ruido, como el de una explosión. El suelo tembló y ambas chicas estuvieron a punto caer al suelo.
-         ¿Qué ha sido eso? –jadeó Katerina.
Ingrid miraba hacia todas partes, y pronto supo lo que era. Los asesinos estaban allí. Con lo cual… él… inconcientemente se apretó la muñeca donde bajo la manga de su jersey estaba anudado su pañuelo.
-         Tenemos que salir del edificio. –se apresuró a decir ella, y agarró del brazo a Katerina. –Corre.
Las dos chicas avanzaron velozmente a través del edificio, podían ver, de refilón como extraños chicos enmascarados liquidaban brutalmente a los ancianos y otros trabajadores de la residencia. Katerina temblaba presa del miedo, y rezaba todas las oraciones que sabía en voz baja, mientras era arrastrada por Ingrid. El suelo temblaba una y otra vez, a causa de las explosiones que estaban destrozando el edificio.
-         ¿Por qué no viene la policía? –farfulló Katerina.
-         Porque estos asesinos la inmovilizan antes de hacer sus ataques. –dijo ella, ya que siempre la patrulla de policía sufría algún incidente de última hora. O el cuerpo entero había sido envenado o se habían quedado encerrados en la comisaría… Millones de percances que hacían que la gente perdiera la vida a causa de aquellos asesinos. Y el chico de los ojos azules era uno de ellos, pensaba Ingrid, con cierta resignación.
Llegaron a una de la salida de emergencia.
-         Puedes salir por aquí.
Katerina se abalanzó hacia la puerta, presa del miedo, pero en cuando sus dedos tocaron la puerta, giró la cabeza y preguntó:
-         Espera ¿Y tú no vienes?
-         Tengo que ver a lo que me preocupa. –resumió ella, dedicándole una sonrisa calmada.
-         ¿Estarás bien?
-         No te preocupes por mí. Nos veremos mañana.-apostilló ella, segura de sí misma.
Katerina terminó por abandonar el edificio a través de esa puerta. Ingrid comenzó a deambular sin rumbo a través de la residencia de ancianos. Encontrándose con siniestras escenas de pesadilla, pasillos llenos de sangre, cuerpos inertes y destrozados desplomados por el suelo.
-         Mira, mira. Veo que una niña intentaba escaparse.
Ingrid dio medio vuelta y se encontró a un muchacho de raza negra, con el rostro oculto tras una llamativa mascara africana. La estaba apuntando con un arma enorme.
Ella abrió los ojos al máximo y se apartó a tiempo, justo para huir de él, que la persiguió, raudo y veloz. Él era el cazador y ella era la presa. Sin duda, estaba muy equivocada creyendo que él estaría ahí, y que de nuevo no sería dañada. No había contado con los demás, que la matarían sin piedad, como aquel que ahora la perseguía, implacable.
Ingrid aumentó la velocidad, y pronto para su salvación llegó hasta el enorme portón de madera de la entrada. Hábilmente lo cerró antes de salir, dejando encerrado en su interior al asesino, que golpeó y sacudió la puerta colérico y con una salvaje fuerza.
-         ¡Adnan! –Oyó la voz del asesino al otro lado de la puerta.
Ingrid soltó aire. La puerta no resistiría mucho.
Pero, en ese momento, un ruido llamó su atención, el rugir de una moto, que derrapó en frente del edificio, deteniéndose a cinco pasos de ella. Ingrid, sobrecogida, observó como su conductor, con el rostro oculto tras su casco negro, alargaba su brazo embutido en una cazadora negra de cuero hacia ella, ofreciéndole su mano.
-         Ven, voy a sacarte de aquí. La puerta va a explotar en breve.
Habría reconocido aquella voz en cualquier parte y con una sonrisa, avanzó hacia él, sabiendo quien era la persona que se ocultaba tras aquel casco. Su mano agarró la suya, aquel contacto fue ciertamente áspero, debido a que llevaba puestos unos guantes negros de cuero, pero a ninguno de los dos le importó. Ingrid se colocó detrás de él, sentada sobre la moto, y él colocó su mano alrededor de su cintura.
-         Agárrate a mí. –susurró él, mientras ella entrelazaba las manos alrededor de su enjuta cintura.
Y así, Gabriel puso en marcha la moto y justo cuando la puerta estallaba en pedazos, salieron de allí, y la moto se esfumó antes de que Abeeku y Adnan pudieran reconocer como su compañero Gabriel salvaba a la muchacha.
Ingrid estaba pegada a su espalda, y observaba las calles de la ciudad desde esta, como las fachadas cambiaban de color a vertiginosa rapidez, el cielo azul brillando bajo su cabeza, el viento sacudiendo su cabello.
-         ¿Es la primera vez que montas en moto? –preguntó él, entonces.
-         Sí. –dijo, acercándose a su oído.
-         ¿Tienes miedo?
-         ¿De qué? –rió ella, y justo en ese momento soltó sus manos de él, y las estiró, en plan Titanic mientras cerraba los ojos y se echaba ligeramente hacia atrás. –Nunca me he sentido tan libre.
Pensó que él diría algo como lo que decía era una tontería, como lo habría hecho cualquier otra persona a la que ella conocía. Pero este no le dedicó ni un solo comentario, tan solo anunció:
- Curva.
 Ella rápidamente abrió los ojos y se agarró a él, alarmada. Notó como él se reía brevemente, ante su gesto. Acto seguido, un poco más allá paró la moto, en unos aparcamientos de un centro comercial, que se encontraban a las afueras de la capital de la República Checa.
Él se bajó de la moto, y delante de ella se quitó el casco, a continuación se atusó el flequillo y la miró, haciendo un amago de sonrisa, aunque como siempre su rostro reflejaba más una muestra sarcástica que una sonrisa.
Ella le observó sentada en la moto.
-         ¿Cómo es que me has salvado?
Él apretó los labios, y encogiéndose de hombros dijo.
-         Vi a Abeeku corriendo detrás de ti. Abeeku es bastante bestia cuando se lo propone y no podía dejar que ese salvaje te matara.
-         Entonces ¿Si otro asesino que no fuera tan bestia intentara matarme se lo permitirías?
-         Rotundamente no.
-         ¿Motivo?
-         Creo que anoche ya te lo aclaré.
-         En realidad no, pero… en fin –se colocó uno de sus mechones detrás de su oreja y admitió.- Gracias.
Se dio cuenta de que él se había quedado observándola con el ceño fruncido, como si no supiera que decir.
-         No me las des.- dijo al final, luego, mirando a su alrededor, explicó.- He tenido que dar un rodeo para no cruzarnos con ninguno de los otros asesinos. Tu casa no estaba demasiado lejos de la residencia y corría el riesgo de que fuéramos vistos.
-         Entiendo.
-         Creo que ya puedo llevarte a tu casa. -comentó, distraídamente mientras hacia ademán de volver a ponerse el casco.
-         Espera.- lo detuvo ella. – No me lleves a casa.