jueves, 28 de julio de 2011

Capítulo 9. Soy como tú.

Se estuvo ajustando su negro pañuelo en el coche, las gafas ocultaban sus ojos azules tras sus cristales violetas. Gabriel no se sentía con fuerzas para asesinar a nadie en aquellos momentos. Sentía una horrible desgana emocional que lo estaba devorando lentamente por dentro. Iba en los asientos traseros, y allí se bajó el pañuelo, hasta quedar colgándole del cuello, encendió un cigarro y se acomodó en los asientos traseros. Kavita iba a su lado, y lo observaba ceñuda.
-         ¿Qué miras, lesbiana amargada?
-         Cierra el pico, psicópata gay.
Gabriel miró por la ventanilla, y preguntó:
-         Chin ¿Dónde es la misión esta vez?
-         Un orfanato. –sonó su voz metálica, a través de su transmisor.
-         ¿Vamos a matar niños pequeños? –medio exclamó él.
-         ¿Algún problema con eso?
-         Ninguno.  
Se cruzó de brazos, con gesto hosco, mientras el humo fluía a través de su nariz.
El coche paró; de nuevo llegaba la hora de sacar las armas, de que los gritos hicieran retumbar las paredes, de correr detrás de personas, hasta apagar sus vidas, hasta sumir en el más profundo y siniestro silencio el establecimiento.
Gabriel los observó, niños pequeños que jugaban en un patio, suspiró quedadamente y salió del coche.
-         No entréis a saco.-indicó Chin.- Colaros por donde podáis, cuando yo de la señal empezáis a disparar.
-         De acuerdo.-dijeron los tres asesinos de la misión, al unísono.
Gabriel se acercó a un muro del edificio, donde no era visto por los chicos, una enredadera crecía por la pared, apagó su cigarro en su muñeca, sobre una marca roja producto de los cigarros que ya habían sido apagados ahí y se encaramó a la enredadera, trepó con rapidez, cargando con su enorme metralleta con una de sus manos, no tardó en llegar a una ventana, que abrió sin dificultad, entró a un pasillo, de suelo de madera y paredes empapeladas elegantemente, retratos de niños llenaban los muros, Gabriel caminó a través del pasillo, sigilosamente, sus botas negras hacían crujir la madera, se quedó parado junto a una puerta de la que provenían voces. Esperando la señal de Chin, no pudo evitar escuchar lo que estaban diciendo, hablaban dos mujeres, mientras que de fondo se oía a un niño pequeño llorar.
-         Lo han abandonado. –dijo una.
-         ¿Sus padres no podían mantenerlo?
-         No, sus padres lo odian.
-         ¿Por?
-         Está enfermo.
-         Yo le veo sano.
-         Enfermedad mental. –explicó la otra.
-         Que lastima, se le ve tan mono.
El llanto del niño aumentó.
-         ¿Qué enfermedad?
-         Esquizofrenia. Su abuela también la tenía y él la ha heredado.
-         Si que es una pena.
Gabriel no pudo evitarlo, miró a través de la puerta entreabierta, y los ojos de ambos se cruzaron, los suyos rasgados, orientales y de un sobrenatural color azul y los de él, redondos, europeos y de un curioso color azul.
Y por un momento, no pudo distinguir el rostro del pequeño, porque veía el suyo propio, su rostro de cuando tenía la misma edad que aquel niño.
- Ya. –Oyó a Chin a través del transmisor.
Sujetó la metralleta con las dos manos, abrió la puerta bruscamente, apretó el gatillo dos veces, y las dos mujeres cayeron muertas en el suelo, en cuestión de segundos. Y el chico se quedó observándole, sentado en aquella sillita de madera en la que se encontraba, temblando con el miedo reflejado en sus grandes ojos azules.
Gabriel se acercó a él, mirándole, con infinita tristeza, con comprensión.
-         Hola.-le dijo al niño.
-         Hola.-contestó él, mirándole por debajo de su largo flequillo castaño.
Se aproximó más a él, acuclillándose en frente suya le miró fijamente.
-         ¿Cómo te llamas? –le preguntó al chico.
-         Martin. –respondió él, luego añadió, temeroso.- ¿Vas a matarme a mí también?
Gabriel le apartó el flequillo de la cara al pequeño.
-         Tengo que hacerlo, pequeño.-le confesó.- Pero solo te haré un favor.-le explicaba, mientras seguía acariciando su cabellera castaña.- Porque cuando crezcas, y no puedas más. Y sientas que nadie te quiere, desearás morir y entonces será demasiado tarde.
-         Yo no quiero morir. –se quejó el niño.
Gabriel suspiró, alzó su metralleta, cuando, de repente oyó pasos a lo largo del pasillo. Alguien trataba de escapar. Se levantó de un salto.
-         Ahora vuelvo.-le prometió al chico, serio.
Salió al pasillo, y corrió tras los pasos de aquella persona que huía. Impresionado, se dio cuenta de que esta vez su víctima tenía algo de resistencia, puesto que ni siquiera la había visto todavía, lo seguía guiándose del sonido de la madera crujiendo bajo sus pies. Al haberse atado de nuevo el pañuelo con prisa antes de encaramarse a la enredadera, este estaba flojo y en cuestión de momentos se desprendería de su cara, puesto que el nudo situado en su nuca cada vez se hacía más débil.
Llegó al rellano de una escalera, y su victima se paró en medio de ellas, un segundo, para mirar al que sería su asesino. Y los dos intercambiaron por una décima de segundos su última mirada. Puesto que ella al reanudar la marcha, resbaló y cayó de culo en el segundo escalón que había que bajar para llegar a la planta inferior. Gabriel, antes de que la chica pudiera levantarse llegó hasta ella, y se colocó tal y como cuando mató a Hiroshi, sus dos botas negras a cada lado de su vientre, presionándola para impedir que se levantara. El pañuelo se le había caído en el séptimo escalón, y sus dedos tensos, rozaban el gatillo de su metralleta. Ella estaba quieta, no chilló, no gritó, no dijo nada, simplemente le miró, fijamente, clavando sus ojos oscuros en él.
Gabriel no entendió porque por primera vez desde que lo había descubierto, su mano libre palpó su oreja, la deslizó hacia abajo, sintió el frío tacto del transmisor en sus dedos y apretó el botón.
Había apagado la cámara, Chin ya no podía verle.
Se había saltado sus normas impuestas por él mismo, la había mirado a los ojos y la había reconocido. Era aquella chica solitaria que salía del instituto, con aquella mochila morada colgando de sus hombros.
Y estaba allí, sin dejar de mirarle, con su rostro de ángel, su pelo negro ahora suelto cayendo sobre los escalones, con su vestido blanco y unas botas de aspecto pesado y negras, con alas de ángel dibujadas en la zona de sus talones.
Gabriel no sabía que hacer, sentía que ella podía ver a través de sus gafas violetas sus ojos azules.
- ¿Gabriel? –Oyó la voz de Chin por su transmisor.- ¿Qué ha pasado? Gabriel, ¿Qué haces? ¿Vas a matarla? ¡Mátala imbécil!
La indecisión que sentía lo estaba haciendo temblar.
-         ¿A qué esperas? –dijo ella, justo cuando la voz de Chin se apagó.
Perplejo, y sin palabras intentó asimilar lo que le había dicho ella.
-         Venga, mátame. Soy como tú. A mi tampoco me importaría morir si me mataras en este mismo momento.
Las pupilas de Gabriel se empequeñecieron, como cada vez que se sorprendía, sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
-         ¿No me tienes miedo? –inquirió él, retirando un poco su metralleta de ella.
-         ¿Miedo? –ella ladeó ligeramente la cabeza.- No le temo a un alma incomprendida.
¿Alma incomprendida? Pensó Gabriel, sí así le había llamado. No entendía nada.
-         ¿Vas a matarme? –quiso saber ella.
Gabriel soltó aire, se alejó de ella y le dio la espalda durante unos minutos, al cabo de rato, oyó como ella se levantaba haciendo una especie de tintineo, Gabriel la estaba mirando de soslayo y descubrió que de su cuello colgaba una cadena de cuero negra de la que pendía un cascabel de plata. Ella dio media vuelta y comenzó a subir escaleras, justo cuando Gabriel desapareció por el pasillo que torcía a la derecha.
Él corrió, oía voces provenientes de una habitación cercana. Encendió la cámara y le susurró a Chin.
-         Se ha sobrecalentado. Ella ya está muerta.

Esperaba una buena bronca, que Akira lo mirara decepcionado y le dijera que había echo una chapuza de misión, pero no fue así. Ni siquiera Chin dudó de que él hubiera asesinado a la chica. Akira por el contrario le pidió que descansara que tenía mala cara y que por el cansancio se había portado de forma tan rara aquella vez.

martes, 26 de julio de 2011

Capítulo 8. Con hielo en las venas.

El sudor se deslizaba lentamente a través de su piel, el oxígeno se iba agotando poco a poco, el olor a humo y a quemado inundaba aquel reducido espacio en el cual había quedado encerrado. Su mente estaba demasiado nublada como para acabar de percatarse del peligro que corría ahí dentro.
Gabriel acababa de incorporarse, bañado en sudor, sabía que había algo que se le escapaba, algo estaba ocurriendo en esos momentos y no se daba cuenta de lo que verdaderamente sucedía. Su cabeza daba vueltas y vueltas. Alargó la mano, y sus dedos palparon un cristal, deslizó la mano a través de él, hasta darse cuenta de que se encontraba en el interior de un coche. Parpadeó varias veces y su vista terminó de aclarase. Estaba totalmente desnudo,  sus pantalones estaban colgados del asiento delantero, alargó la mano para recogerlos y cubrirse. Fue en ese momento, mientras se abrochaba los botones para cerrar su pantalón sobre su cintura, cuando se dio cuenta de que por los alrededores de aquel lugar donde estaba aquel coche aparcado, todo estaba en llamas y que pronto el fuego llegaría a él. No se asustó, no maldijo a Samantha por no reprimir el pirómano impulso de incendiar el coche rojo que habían robado el día anterior;  se quedó tumbado donde estaba, en los asientos traseros, cerró los ojos. Esperando que la muerte llegara a él de nuevo. Siempre había sido así de suicida, deseaba morir desde hacía ya mucho tiempo. Y esta vez nadie le arrebataría la oportunidad de irse por fin de aquel cruel mundo, que solo había sabido despreciarlo y tratarlo mal.
Sentía que poco a poco se iba rodeando de llamas, que el oxígeno se convertía en negro humo que llenaba sus pulmones, y que iba asfixiándolo con lentitud.
Y cuando las llamas estaban a punto de alcanzar el vehículo, las puertas del coche se abrieron, una mano agarró a Gabriel por el hombro derecho, con fuerza, tiró de él hacia el exterior del coche. Gabriel se resistió, tirando de su cuerpo, empujándose a sí mismo a las llamas, que crecían cada vez más alto. Sus fuerzas no fueron suficientes, alguien lo había sacado de allí. Los rayos del Sol de aquella mañana acariciaron su piel, y el asfalto suelto de aquella carretera pinchaba las plantas de sus pies y su pelo formaba una maraña sucia y sudorosa, antes de que se hubiese dado cuenta lágrimas corrían por sus mejillas, por la impotencia que sentía al no poder apagar de una vez por todas, su miserable vida.
Se alarmó cuando alguien lo cogió y cargó con él hasta depositarlo en el asiento de copiloto de otro coche, Akira. Y lo estaba viendo llorar a lágrima viva. Gabriel se incorporó, poniéndose recto, abrazando su torso desnudo. Akira tomó asiento en el lugar del conductor y arrancó. Luego, mientras el coche estaba en marcha, circulando por aquella especie de autopista, Akira lo miró.
Gabriel estaba secándose las lágrimas, restregándose con los dedos sus mejillas.
-         ¿Por qué me has salvado? –quiso saber él.
-         Eres demasiado valioso, y acabo de terminar con tu entrenamiento inicial, como para ahora tirar por la borda todo mi trabajo.
-         ¿Valioso? –repitió Gabriel perplejo.
-         Así es. Ayer lo demostraste, sé que puedo sacar de ti grandes cosas. Todavía te queda mucho que aprender, tienes mucho que corregir. Pero eres inteligente e ingenioso, aprendes rápido… Una de las cosas que deberías de corregir, por ejemplo: Tu obsesión por el suicidio, y tu inestabilidad.
-         No es una obsesión.-contradijo él.- No quiero vivir y punto. Mi vida no tiene sentido desde hace mucho tiempo.
-         ¿No tiene sentido?
-         No, -siguió él.- Ni siquiera le veo sentido a esto que hacemos.
-         ¿Matar?
Gabriel asintió.
-         Gabriel, esa piedad del fondo de tus ojos, es otro de tus fallos. ¿Qué hizo por ti la humanidad? Despreciarte, odiarte, burlarse de ti. Para ellos no vales nada, no eres nada. Ahora, puedes demostrarles lo que eres. Eres alguien. Esta es tu venganza por todo lo sufrido. Antes matabas porque no soportabas la felicidad de los demás, porque era algo que tú no poseías. Pues bien, ahora haces lo mismo. Les robas la felicidad. Y créeme, pronto apagaré esa piedad que reflejan tus ojos.
Gabriel le miró, sin decir nada, mientras se peinaba el flequillo con los dedos, totalmente perdido en sus pensamientos.
-         No deberías rendirte ahora. Siempre has querido que tu vida tuviera algún sentido. Lo que haces es muy importante, el equilibrio del mundo está en juego, Gabriel. Y tú tienes un don. El sentido de tu vida es este: asesinar a esta secta.
Gabriel le miró, reflexionando con sus palabras, y cuando se bajó del coche, ya había decidido que por una vez en su vida, algo iba a tener sentido. Aunque tan solo fuera el ser asesino.

Cuando llegó a la mansión, y se encontró a Samantha ataviada con una mini falda y su camisa del rayo puesta, ella se aproximó a él y le dijo:
-         Lo siento. No pude evitarlo.
Él no le respondió, ni la miró, siguió su camino hacia su habitación.
Samantha le miró perpleja, pero no hizo nada por seguirlo.
Los días siguieron transcurriendo lentamente, y mientras que los demás, se iban de fiesta, flojeaban en el sofá, bebían hasta caer rendidos, iban por ahí a robar o veían estúpidos programas basura en la televisión, Gabriel invertía casi todo su tiempo en duros entrenamientos, quería volverse de hielo, quería asesinar sin motivo y que aquello no le importase. Quería buscar alguna manera de insultar a Kavita cada vez que ella le llamara: psicópata gay. Quería convertirse en el mejor de todos ellos. Para cuando terminara allí volver a Japón, y asesinar a todos aquellos que alguna vez le dañaron. Aquellos falsos amigos que se juntaban con él, para luego humillarle a sus espaldas, aquellos chicos que le pegaban palizas cuando tan solo era un crío, a todos los que se reían de él por su enfermedad y sobre todo, al primer culpable de su miseria. Ya había grabado el nombre de su padre en una bala, que guardaba en el primer cajón de su mesilla de noche.
Fue el protagonista de las siguientes misiones, les ganaba a todos en ingenio, y mataba mucho más que los demás, hacia su trabajo más rápido y con más eficiencia, ataviado de su abrigo, y sus gafas violetas. Se infiltraba en los sitios con una facilidad envidiable, y lo hacia todo con frialdad. Se había obligado a no mirar nunca a sus victimas a los ojos, a no mirar sus cuerpos destrozados, sus heridas de balas. Sabía que si no, acabaría echándose hacia atrás de nuevo. Estaba aferrándose al fino hilo del que pendían sus ganas de vivir.
Llegó a dejar de importarle que Chin lo estuviera observando con la cámara, llegó a dejar de importarle todo.
Su diferencia era tal, que un día mientras corría por la cinta, con la máquina a toda potencia, mientras en frente de él, una enorme televisión emitía las noticias. No se inmutó cuando la presentadora dijo que en Tokio todavía reinaba el desconcierto con la explosión de una de las cárceles más importantes del país. Tampoco sintió nada cuando vio a su tío hablándole al mundo, pidiendo a gritos que encontraran a su sobrino, el único que consiguió escapar de la cárcel a tiempo y desaparecer sin que las autoridades pudiera encontrarlo, su tío proclamaba furioso que era un asesino psicópata y que no merecía vivir. Que debía ser ejecutado lo antes posible.
Gabriel sonrió, con aquella desquiciada loca sonrisa que crecía por su pálido rostro afeminado.
-         ¿Eso quieres, tío? ¿Lo deseas? Yo ya no soy como antes, voy a ser el peor asesino que puedas imaginarte y cuando acabe con toda esta gente, tú serás el siguiente. –juró, mirando fijamente la pantalla.- Voy a aferrarme a la vida, más fuerte que nunca. Cuando más desees mi muerte, más me abrazaré a ella.
Aumentó la potencia de la máquina.
-         Ahora me has dado más razones para seguir adelante.
Todo seguía siendo normal, Gabriel no salía de su círculo vicioso de entrenamientos, armas y asesinatos. No pensaba en nada, salvo en como mejorar su forma de matar. Por la noche, estaba demasiado agotado como para quedarse reflexionado sobre lo que pasaba a su alrededor antes de dormirse. Se había sumido en una total inconciencia, solo sabía seguir hacia delante, no mirabas las nuevas optativas, su mente se había cuadriculado demasiado. Akira lo había felicitado, diciendo que cada vez era más estable y que aquella piedad de sus ojos cada día era menos visible, aunque Gabriel no se sintió totalmente satisfecho con lo que lograba. Nada conseguía satisfacerlo verdaderamente, por lo cual se esforzaba más y más, sometido a una enferma obsesión con sesgar vidas humanas.
Hasta que un día, Gabriel volvió a ser consciente de todo, bruscamente volvió a aterrizar en la realidad, cayendo desde tan alto que el daño fue devastador y lo hundió en una profunda depresión.
Todo empezó cuando fue atacado por su enfermedad, cuando volvió a pasarse solo toda la noche, victima del más hondo sufrimiento, ahogándose con sus propias lágrimas y asfixiándose en aquella habitación. Una vez más, la pesadilla de nunca acabar.
Su cabeza dio vueltas, y terminó de darse cuenta de que por más que lo intentaba no le llenaba matar, nunca lo hacía. Desde la primera vez que mató a aquel chico, su primera victima a la que empujó a los raíles de un tren, había estado toda la noche llorando arrepentimiento por sus ojos, pero por primera vez en su vida su padre lo había mirado, con decepción, por lo había hecho. Por primera vez su tío iba a verlo, por primera vez en su vida alguien luchó por él. Y aquello fue lo que lo indujo a seguir asesinando. Cuando veía alguien feliz sentía deseos de matarle, para así obtener algún tipo de afecto por parte de su tío, afecto que nunca había recibido. Quizás eso era lo único que quería…
Lloró por ello, lloró porque quería recuperar su frialdad, sus ganas de matar. Pero no podía, sus fuerzas le fallaban y el hielo que había estado corriendo por sus venas se había derretido completamente.
A la mañana siguiente, seguía encontrándose mal, y no acudió a la misión. De todas formas sus fuerzas le habrían fallado. Estuvo enfermo tres días y cuatro noches. Y nadie fue a ver como estaba, nadie. Era la primera vez que su enfermedad se prolongaba tanto, y con horror se dio cuenta de que estaba empeorando por momentos.
Cuando se hubo recuperado no fue a entrenar, se quedó en su habitación. Gastando paquetes de cigarrillos franceses en cuestión de horas, mientras buscaba imbecilidades por Internet. Leyó todas las noticias sobre él, y sobre sus compañeros. Jugó a juegos de carreras y leyó las noticias en varios idiomas. Abrió un traductor y buscó palabrotas en ruso, serbio, coreano y neocelandés. Hasta que al final, sumido en una honda tristeza escribió lentamente y ligeramente dubitativo “Akira” en el buscador. Con ese nombre tan raro, seguro que no podía equivocarse al no saber su apellido.
Mientras esperaba las respuestas del buscador, le dio una fuerte calada al cigarro, y mientras expulsaba el humo por la nariz, leyó la única página que se había abierto ante sus ojos. Estaba a punto de pinchar en ella, cuando alguien le tocó el hombro.
Se sobresaltó, y miró, aterrado a Akira.
-         Con que buscabas sobre mí ¿no es así?
No hacía falta que Gabriel contestara, con solo mirar la pantalla se podía averiguar la respuesta. Akira volteó su silla, haciendo que Gabriel le mirara.
-         Gabriel, si querías saber algo sobre mí, solo tenías que preguntar.
El aludido tragó saliva, no le gustaba nada el tono que estaba usando su jefe para hablarle.
-         ¿Me habrías respondido a las preguntas?
-         Seguramente no.-dijo y rió, luego, añadió, volviendo a adoptar un tono cargado de seriedad.- Pero, como tu trabajo últimamente ha mejorado, permitiré que me preguntes algo. Lo que sea. Y te responderé la verdad.
Gabriel, meditó durante un rato, decidió no darle muchas vueltas y se limitó a preguntar:
-         ¿Quién eres verdaderamente?
-         Mi verdadero nombre es Chax. Cuando encuentres y sepas quien soy en realidad, ven a hablar conmigo: te estaré esperando.
Él asintió, estuvo a punto de volverse hacia el ordenador y buscar aquel nombre en el navegador. Pero Akira volvió a voltear su silla.
-         Levántate. Tienes una misión. –le informó.
Gabriel reprimió su deseo de resoplar, mientras sacaba su chaquetón del armario. 

lunes, 25 de julio de 2011

Capítulo 7. La primera misión.

Tras pasar tres días de duro entrenamiento y comprobar que tenía unas dieciocho llamadas pérdidas de su prima, las cuales no pensaba contestar…no era que no quisiera hablar con ella, se moría por hacerlo. Pero… era peligroso. Y no sabría como explicarle lo que le estaba sucediendo.
Una mañana temprano, Gabriel fue sacado de la cama bruscamente cuando Roman y Abeeku volcaron su colchón, haciéndole caer al suelo.
Los dos estaban vestidos con sus equipos especiales, las mascaras que solían usar para ocultar sus rostros, sus ropas más elásticas y las armas escondidas en distintos sitios de su cuerpo.
-         Nos vamos de misión. –canturreó Roman.
-         Tu también vienes.- agregó Abeeku.- Prepárate. Y por tu bien, espero que ya hayas pensado en un uniforme con el cual no se te vea la cara.
Gabriel asintió, y se apresuró en ponerse…Pues lo que primero encontró en el armario, para que mentir. Unos vaqueros negros agujereados, una camiseta de mangas largas y encima el chaquetón de su prima con capucha. Considerando que no se le podía ver la cara, se tapó de nariz para abajo con un pañuelo negro, en plan bandolero y se colocó unas gafas de sol (igualmente de su prima) de pasta negra y cristales de color lila fuerte.  Sabía que en el fondo iba raro, y que a lo mejor en vez de un asesino creerían que era una asesina, sabía que Kavita le insultaría y lo volvería a llamar psicópata gay, insulto que había estado repitiéndole desde que lo vio enfermo tirado en la cama.
Bajó las escaleras, recogió un par de armas, una gran metralleta y otra más pequeña que se escondió bajo el chaquetón.
Chin lo estaba esperando abajo, y le puso en las manos un transmisor.
-         Date prisa y póntelo. Eres el grupo dos, te ha tocado con Abeeku, Roman y Samantha. Tú eres en el coche rojo. Suerte. –dijo, con aquella voz tan robótica que tenía.
Gabriel salió por la puerta de atrás, Akira estaba junto al coche rojo y sus demás compañeros. Abeeku llevaba aquella mascara africana de color naranja y marrón, Roman ocultaba su rostro tras un pasamontañas negro y Samantha llevaba una mascara de hockey. La australiana iba enseñando su vientre liso y un tatuaje de una flor de loto en él, sus pantalones demasiados ajustados marcaban demasiado sus curvas, iba provocando y aquello parecía encantarle.
Akira lo observó cuando llegó, con ojo crítico.
-         Espero que los entrenamientos hayan dado resultado. –fue lo único que dijo.
Abeeku se acercó a él, lo cogió del hombro y dijo:
-         Como es tu primera vez, tú serás el que conduce. –Gabriel tuvo la sensación de que al ser un novato, le estaban dejando lo peor a él.-Chin te irá diciendo por donde tienes que ir a través del transmisor. Cuando lleguemos, todos los demás saltaremos del coche y tú ya si te da miedo hacer eso, siempre puedes aparcar y salir del vehículo.
Gabriel asintió. Se sentó en el asiento del conductor, los demás se acomodaron en los demás asientos. Abeeku en el asiento de copiloto, Roman en el asiento trasero, y antes de que Samantha se sentara detrás del asiento del conductor, se inclinó hacia delante, y le dijo:
-         A por ellos, tigre.
Gabriel hizo arrancar el vehículo, pronto comenzó a oír la voz de Chin, susurrándole las indicaciones, con tono técnico. Izquierda, derecha, derecha otra vez. Iba a toda velocidad y seguía preguntándose como es que todavía no se había chocado con algo. Giró bruscamente, mientras Abeeku ponía música en la radio, música disco para ser exactos. Parecía que estaban a punto de irse de marcha a la discoteca. Roman se echó a reír en los asientos de atrás, sin motivo aparente. ¿A quién se le ocurría poner algún remix de David Guetta antes de irse a asesinar? Pues al parecer a Abeeku.
-         Presta atención Gabriel. ¿Ves el edificio ese de la torre? Ve a la derecha, y deja a tus compañeros en la puerta. El edificio cuenta con patio trasero, donde la mayoría de los individuos a los que hay que asesinar se encuentran reunidos. Los pillaremos por sorpresa.
Gabriel hizo lo que le decían, y sus compañeros nada más ver la puerta de madera del antiguo edificio saltaron del vehículo, comenzaron a internarse en el interior de él, con una rapidez asombrosa. Gabriel se había quedado solo en el coche, esperando instrucciones, y en ese momento una idea centelleó en la cabeza, como un alumbrado de neón que parpadeaba en medio de la oscuridad.
-         Ahora, aparca y entra en el edificio.- indicó Chin.
Pero Gabriel pisó el acelerador, dio media vuelta y se internó por la calle de la izquierda, rodeando el edificio.
-         Gabriel, detente.-repitió Chin, con cierta crispación en la voz.
El chico siguió sin responder, ya casi podía verlo. Aquella congregación de gente en aquel patio rodeado por una valla de madera.
-         Gabriel, obedece. Para ahí. No sigas. ¡Gabriel! ¿No me oyes? ¿Qué demonios estás haciendo? ¡¡Obedece de una maldita vez, imbécil!!
Allí en la mansión, Akira se había levantado de su asiento, observando furioso el irracional comportamiento de su asesino.
Y en ese momento, pasó, la gente comenzó a ver un coche rojo acercándose a ellos, no comenzaron a prestarle mucha hasta atención hasta que vieron como este echaba abajo la valla de madera, se bajaba la ventanilla del conductor, por la cual aparecía una enorme metralleta, y el coche rojo empezaba a derrapar, girando sobre sí mismo, con una rapidez de vértigo, mientras se oía como el gatillo de la metralleta no cesaba de ser apretado, y los disparos rasgaban la tranquilidad de la mañana. Muchos de los reunidos fueron atropellados, los que intentaron escapar murieron tras recibir algún disparo. Gabriel acababa de matar a tres cuartas partes de la congregación en un abrir y cerrar de ojos. Los que habían conseguido huir, habían entrado en el edificio, donde los estarían esperando los demás asesinos. Gabriel se quedó en el coche, observando el paisaje vacío y desolado durante unos segundos, con las manos cerradas sobre el volante, jadeó. Todavía no entendía como se le había ocurrido aquella descabellada idea, suponía que era porque nunca había seguido las indicaciones de nadie y prefería actuar con total independencia. Se bajó del coche y sintió un escalofrío al ver aquella maraña de cuerpos inertes en el suelo. Atravesó el patio, salteando los cadáveres, reprimiendo las ganas de vomitar que acaban de entrarle e intentando que no se le notara tanto las nauseas que estaba sintiendo, mientras oía disparos y chillidos en el interior.
Chin estaba observándolo todo sin respiración, asombrado, pegado al asiento.
-         Buen trabajo, Gabriel-admitió, en un murmullo ahogado.
-         Brillante.-comentó Killiam, mientras se acariciaba la barbilla, mirando la figura de Gabriel representada en la pantalla.

Lo subieron en volandas hasta la mansión, todos muy emocionados.
-         ¡Ha sido flipante! –lo había felicitado Roman.
-         No está nada mal, para tu primera vez. –había reconocido Abeeku.
-         Oh, ¿el psicópata gay lo ha hecho bien? Bajo el efecto de ¿Qué droga? –añadió Kavita.
-         Buen trabajo, tigre.-había ronroneado Samantha.
Gabriel se quitó el chaquetón, mientras veía a Akira aproximarse.
-         No me equivoqué contigo. –Dijo, con una sonrisa mordaz.
Todos los demás se habían desprendido de sus mascaras, pareciendo de nuevo adolescentes aceptablemente normales.
-         Ahora tenemos que ir a celebrar tu primera vez.-dijo Abeeku.
Gabriel entrecerró los ojos, él no estaba emocionado, ni eufórico, simplemente le daba igual todo. Y tampoco entendía que era lo que había que celebrar. ¿La muerte de todas aquellas personas? No era un motivo de gran alegría.
Abeeku lo agarró del brazo, y todo el grupo entero salió por las puertas de la mansión. Hablando fuerte, entusiasmados.
-         ¿Y en que consiste esta celebración? –quiso saber Gabriel.
-         Ya lo verás.-rió Roman que caminaba a su lado.
Gabriel se encogió de hombros, y siguió caminando junto a ellos por las bonitas calles de Praga, lo guiaban a quien sabe donde y no le importaba, iba admirando el paisaje, charlando y riéndose sin muchas ganas de los chistes que eran pronunciados por sus compañeros.
Era la hora de comer, y pasaron por los alrededores de un instituto, donde los estudiantes salían después de una mañana dura de trabajo entre las paredes de su centro escolar. La mayoría de ellos se quedaban mirándolos, fascinados por sus poses violentas y el aire de chicos malos que desprendían.
Sacudido por un ramalazo de envidia, Gabriel observó a los colegiales, vestidos impecablemente con sus uniformes; lo comparó con su ropa; sus pantalones vaqueros oscuros agujereados en las rodillas, su camisa de mangas largas con el cuello de pico, y un rayo blanco estampado en el pecho, su pendiente del crucifijo balanceándose a la vez que andaba. No, él no era como ellos, ni mucho menos. Y lo detestaba.
Los veía salir en grupitos mixtos de chicos y chicas, riendo con ganas, poniendo verdes a sus profesores más severos, haciendo extravagantes bromas, amigas que hablaban con eufórica rapidez. Ninguno de ellos solo. Amigos, lo que él nunca había tenido. Con un padre que llegaría del trabajo, una madre que los esperaría en casa, con un plato de humeante comida colocado perfectamente en la mesa, para que toda la familia se sentara a disfrutar del almuerzo. Los envidiaba, profundamente. Todos ellos tenían lo que él quería y había deseado siempre. Salud, familia, amigos, una simple vida tranquila.
Suspiró. Y en ese momento se dio cuenta de que había alguien que en efecto caminaba solo, embutido también en un uniforme, con una mochila morada a su espalda. La gente la ignoraba, por alguna extraña razón. Ladeó la cabeza y la observó. Era una chica, su pelo negro, brillante y evidentemente limpio lo llevaba sujeto a la nuca con una coleta, dos mechones de su pelo, más cortos, no los llevaba sujetos a su gomilla y le caían a ambos lados de la cabeza, sus ojos, grandes y oscuros tenían la mirada pérdida en algún punto del horizonte. Tenía la misma cara de un ángel, piel clara y barbilla acabada en pico.
Observó, sin poder apartar los ojos de ella, como se aproximaba; pasó por su lado, sus hombros levemente se rozaron, y el olor de ella le golpeó con fuerza. Un olor indescriptible, si las nubes tuvieran olor sería el de ella, iba pensando Gabriel, mientras volvía la cabeza para ver como se alejaba.
Abeeku lo agarró del brazo y Gabriel aterrizó bruscamente en la realidad, se había perdido entre las inmensidades del cielo por culpa del olor de aquella desconocida.
Se dio cuenta de que Roman no paraba de señalar a chicas, mientras decía con cuantas había ligado y con cuantas había pasado la noche.
-         ¿Las conoces? –quiso saber Gabriel.
-         A unas pocas.-presumió él, con vanidad.
-         Ya. –le susurró Abeeku a Gabriel.- Desde que Kavita le rapó la cabeza no se lleva a ninguna.
Antes de que alguno de los dos tuviera tiempo a reaccionar, Roman le dio un fuerte cocotazo a Abeeku, aquello desembocó a una pelea más fuerte, puesto que los dos acabaron dándose golpes por las calles, ignorando como la gente se quedaba mirando. Gabriel se dio cuenta de que los demás seguían caminando, tranquilamente, nadie tenía la más mínima separarlos. Aun así, la pelea duró menos de lo que parecía, puesto que llegó un momento en que los dos se miraron, se echaron a reír y reanudaron la marcha. Tras atravesar un par de calles más, todos pararon en frente de un local de aspecto cutre y sucio, paredes llenas de pintadas y con un letrero encima de su puerta de aluminio que decía: Tatuajes El Infierno.
Gabriel les miró a todos, perplejo, mientras entrecerraba los ojos.
-         No entiendo.-dijo. -¿Es una broma?
Kavita se rió de él.
-         ¿No sabes ver la indirecta? –se mofó.
Abeeku lo arrastró dentro del local, Gabriel seguía sin entender nada. El sitio por dentro era tal y como uno se lo imaginaria viéndolo desde fuera. Las paredes estaban sucias y sin pintar, aunque se veía que el dueño del sitio lo había intentado modificar poniendo sádicos pósters, y una gran tabla de anuncios, donde había pegada millones de fotos de tatuajes y clientes satisfechos con el resultado final. Del techo colgaba una lámpara de metal, llena a rebosar de insectos que daban vueltas alrededor de la luz. Una silla de cuero negro pegada al suelo, en el centro de la única habitación del lugar, mueble que parecía el objeto más nuevo de allí. Había un hombre más allá, buscando cachivaches sobre una mesa de metal.
Este se volvió nada más oírlos entrar dentro de su local.
-         Mira, mira.-dijo poniendo los brazos como jarras.- Si son mis chicos favoritos.
-         Y chicas.-masculló Kavita.
Él se rió. Era alto y flacucho, tenía una cresta azul enorme, su piel estaba entera manchada de tatuajes de colores, sus brazos contenían crucifijos, diablos, un barco, una sirena, la forma de la hoja de marihuana grabada en su muñeca. Llevaba pantalones cortos, por lo cual vio que sus piernas estaban también plagadas de tatuajes: hormigas corrían por su tobillo, una enorme calavera estaba en su rodilla, dos serpientes serpenteaban por su pierna izquierda, en su cuello se había tatuado una enorme mariposa, de colores amarillos, rojos y verdes; incluso tenía dos lágrimas tatuadas corriendo por sus mejillas. Su cara estaba a más no poder de piercing.  
-         ¿Este es el nuevo? –había dicho el dueño del local.
Adnan había asentido.
-         ¿El nuevo? –Gabriel no entendía nada, miró a sus compañeros, perdido.
-         ¿Qué pasa? ¿Él todavía no sabe lo del tatuaje?
-         Ya tengo uno.-comentó Gabriel, y alzó su antebrazo, para que el tío raro lo comprobara.
-         Oh, -exclamó el chico de la cresta, asombrado.- Muy bonito. Letras chinas. ¿Qué pone?
-         Es japonés.-masculló Gabriel, mientras bajaba el brazo.- Y pone Gabriel.
-         Buah –bufó.-Chino, japonés. Lo mismo es.
-         No, no es lo mismo, ignorante. –frunció el ceño.
Había dejado sin habla al hombre, que lo miraba sin saber que responderle a eso. Al final dijo:
-         Bueno ¿ellos no te han contando que es lo que pasa cuando entras al club de caza?
-         ¿Caza?
-         Sí ¿No erais de un club de caza? ¿Qué cazaba aves exóticas?
Abeeku le pegó un fuerte codazo en las costillas y Gabriel acabó asintiendo, reprimiendo sus deseos de doblegarse.
-         ¿Es obligatorio? –quiso saber Gabriel cuando se recuperó del golpe.
-         Por supuesto.-dijo Abeeku, solemne.
Gabriel resopló. Roman se desabrochó parte de su camisa, y le enseñó la forma del tatuaje. Un círculo exterior, del tamaño de un puño, otro más pequeño dentro que contenía en su interior una estrella satánica, donde en el centro estaba grabada la cara de un demonio con cuernos.
El joven tokiota tomó aire.
-         Randy, Gabriel es todo tuyo.-rió Kavita.
-         Bueno, pues siéntate en la silla y quítate la camisa. – le indicó Randy. – Voy a empezar contigo. Además, el tatuaje se hace siempre en la clavícula.
Gabriel se encogió de hombros, se quitó su camisa y antes de que le diera tiempo a buscar un lugar donde dejarla, Samantha llegó a su lado y le dijo, mirándole con sus grandes ojos azules:
-         Yo te la guardo.
Le guiñó un ojo, coqueta y se la quitó de las manos.
Gabriel se montó de un salto en la silla, y Randy llegó pronto, comenzó su trabajo. Deslizando la ardiente aguja por su piel. Él no se inmutó, aquel dolor ni se comparaba al que sentía cuando enfermaba. Todos le miraban expectantes, y cuando Randy vio que Gabriel no iba a darle conversación, dijo:
-         ¿No quieres preguntar nada? ¿Ni decir algo?
Gabriel no contestó al principio, mirando fijamente el rostro de Randy, hasta que ladeando levemente la cabeza dijo:
-         Solo una cosa ¿Cuántos piercings tienes en la ceja derecha?
-         Unas cinco argollas. ¿Mola eh?
-         Sí, para colgar una cortina.
Randy se rió.
-         Me gusta este chico nuevo, tiene agallas el muchacho.
Gabriel frunció el ceño.
-         Y chicos ¿Está es la única celebración que vamos a hacer? –quiso saber.
Todos rieron.
-         La fiesta viene después.-dijeron.

No mentían cuando dijeron que después habría fiesta. Nada más salir del local de tatuajes, robaron un coche y se fueron a un restaurante de los caros a comer. Pidieron lo más sofisticado y de más alto precio de la carta, molestaron a los demás clientes y acabaron echándolos. Condujeron como temerarios, todos metidos en el mismo coche por la ciudad, pararon a comprar alcohol, unas seis botellas aproximadamente y luego, ya cuando la noche había caído sobre Praga condujeron hasta una enorme discoteca., los demás bailaban y saltaban como locos. Abeeku cada vez se pegaba más a una cubana que vestía con un vestido corto y naranja que resaltaba en la oscuridad, Roman andaba detrás de una y de otra, Adnan saltaba en el centro de la pista de baile junto a Kavita, que estaba aprovechando para pisarle los pies a Adnan. Y Chin se había perdido entre la multitud. Alix se había ido a los servicios y ya llevaba ahí dentro más de media hora. Gabriel querría bailar, pero no sabía. Solo se sabía la coreografía de Ike Ike de Hinoi Team, que se había aprendido junto a su prima, y lo veía totalmente ridículo e inapropiado, aparte de bochornoso, excesivamente bochornoso. Con lo cual, estuvo un corto espacio de tiempo apoyado en una columna cerca de la pista de baile, observando a la muchedumbre. Hasta que escuchó por detrás.
-         ¿Bailamos, preciosa?
Gabriel se volvió picado, y mirándole con gélida ira masculló, desafiante:
-         Como vuelvas a llamarme preciosa, te descoloco la nariz de un puñetazo.
El chico lo miró sorprendido.
-         ¿Eres lesbiana?
-         Soy un tío.-gruñó él.
Así que se sentó en una silla de la barra y comenzó a beber, lo más cargado que pudiera, le había dicho a la camarera. Y así fue una tras otra, poco a poco los vasos vacíos se iban multiplicando y acumulando en la barra, en frente de él. No podía evitar pensar en su padre, miraba su copa medio vacía y se preguntaba una y otra vez que tendría aquello para que él hubiera preferido estar en un sitio como aquel, bebiendo cosas como las que él estaba ahora mismo ingiriendo, mientras sabía que su hijo estaba atado a su cama, sin poder moverse y sufriendo. Decidió olvidarse de ello, por lo cual bebió más, mucho más.
-         Ojala me de un coma etílico. –le confesó a la camarera.
Ella le miró un momento y dijo, secamente.
-         ¿Te pongo otra?
-         Más cargada.-exigió él.
Ya estaba tambaleándose sobre la silla, y en ese momento fue cuando, por alguna razón, se alejó de la barra, empezó a mezclarse junto a la multitud que bailaba al son de la música, moviéndose sobre la pista de baile, resuelto, imitando a los de a su alrededor. Abeeku se acercó a él, y ambos comenzaron a saltar como locos, mientras chillaban, eufóricos. Roman se les unió al poco tiempo, y los tres iban apartando a la multitud, con sus saltos y chillidos. Fue entonces cuando descubrieron a Chin, hablando con una chica, se acercaron a él. También estaba borracho como una cuba, al igual que sus compañeros, y cuando llegaron le estaba diciendo esto a la chica:
-         ¿Sabes? Mi pen drive entraría perfectamente en tu puerto USB, puedo darte toda la banda ancha que quieras.
Tanto la chica, como sus compañeros se rieron a carcajadas y Chin mosqueado se alejó, a la barra, a seguir bebiendo. Mientras que los otros tres siguieron deambulando en la pista de baile.
Gabriel no supo como, ni porqué, pero cuando se quería dar cuenta su grupo se había disuelto, y Samantha se encontraba junto a él, bailando, moviéndose, mientras cada vez más pegaba su cuerpo al suyo. Ella le rodeó el cuello, le miró fijamente, él estaba viendo su rostro desenfocado y cada vez estaba más mareado, pero si era consciente de que en cuestión de segundos la distancia entre los dos se relució a O y que sus labios comenzaron a besar los suyos, salvaje y fogosamente. Él la estampó contra la pared, ella saltó sobre él, rodeando con sus piernas su espalda, ambos se miraron un momento, jadeantes, antes de fundirse de nuevo, besándose con ferocidad, casi con violencia. No había amor, no había cariño en ninguno de sus gestos, simple y puro deseo. El alcohol y el sabor de aquellos labios, nublaron totalmente sus sentidos, haciendo caer la consciencia de sus actos en un oscuro pozo, del que no saldría hasta bien entrada la mañana siguiente.