lunes, 25 de julio de 2011

Capítulo 7. La primera misión.

Tras pasar tres días de duro entrenamiento y comprobar que tenía unas dieciocho llamadas pérdidas de su prima, las cuales no pensaba contestar…no era que no quisiera hablar con ella, se moría por hacerlo. Pero… era peligroso. Y no sabría como explicarle lo que le estaba sucediendo.
Una mañana temprano, Gabriel fue sacado de la cama bruscamente cuando Roman y Abeeku volcaron su colchón, haciéndole caer al suelo.
Los dos estaban vestidos con sus equipos especiales, las mascaras que solían usar para ocultar sus rostros, sus ropas más elásticas y las armas escondidas en distintos sitios de su cuerpo.
-         Nos vamos de misión. –canturreó Roman.
-         Tu también vienes.- agregó Abeeku.- Prepárate. Y por tu bien, espero que ya hayas pensado en un uniforme con el cual no se te vea la cara.
Gabriel asintió, y se apresuró en ponerse…Pues lo que primero encontró en el armario, para que mentir. Unos vaqueros negros agujereados, una camiseta de mangas largas y encima el chaquetón de su prima con capucha. Considerando que no se le podía ver la cara, se tapó de nariz para abajo con un pañuelo negro, en plan bandolero y se colocó unas gafas de sol (igualmente de su prima) de pasta negra y cristales de color lila fuerte.  Sabía que en el fondo iba raro, y que a lo mejor en vez de un asesino creerían que era una asesina, sabía que Kavita le insultaría y lo volvería a llamar psicópata gay, insulto que había estado repitiéndole desde que lo vio enfermo tirado en la cama.
Bajó las escaleras, recogió un par de armas, una gran metralleta y otra más pequeña que se escondió bajo el chaquetón.
Chin lo estaba esperando abajo, y le puso en las manos un transmisor.
-         Date prisa y póntelo. Eres el grupo dos, te ha tocado con Abeeku, Roman y Samantha. Tú eres en el coche rojo. Suerte. –dijo, con aquella voz tan robótica que tenía.
Gabriel salió por la puerta de atrás, Akira estaba junto al coche rojo y sus demás compañeros. Abeeku llevaba aquella mascara africana de color naranja y marrón, Roman ocultaba su rostro tras un pasamontañas negro y Samantha llevaba una mascara de hockey. La australiana iba enseñando su vientre liso y un tatuaje de una flor de loto en él, sus pantalones demasiados ajustados marcaban demasiado sus curvas, iba provocando y aquello parecía encantarle.
Akira lo observó cuando llegó, con ojo crítico.
-         Espero que los entrenamientos hayan dado resultado. –fue lo único que dijo.
Abeeku se acercó a él, lo cogió del hombro y dijo:
-         Como es tu primera vez, tú serás el que conduce. –Gabriel tuvo la sensación de que al ser un novato, le estaban dejando lo peor a él.-Chin te irá diciendo por donde tienes que ir a través del transmisor. Cuando lleguemos, todos los demás saltaremos del coche y tú ya si te da miedo hacer eso, siempre puedes aparcar y salir del vehículo.
Gabriel asintió. Se sentó en el asiento del conductor, los demás se acomodaron en los demás asientos. Abeeku en el asiento de copiloto, Roman en el asiento trasero, y antes de que Samantha se sentara detrás del asiento del conductor, se inclinó hacia delante, y le dijo:
-         A por ellos, tigre.
Gabriel hizo arrancar el vehículo, pronto comenzó a oír la voz de Chin, susurrándole las indicaciones, con tono técnico. Izquierda, derecha, derecha otra vez. Iba a toda velocidad y seguía preguntándose como es que todavía no se había chocado con algo. Giró bruscamente, mientras Abeeku ponía música en la radio, música disco para ser exactos. Parecía que estaban a punto de irse de marcha a la discoteca. Roman se echó a reír en los asientos de atrás, sin motivo aparente. ¿A quién se le ocurría poner algún remix de David Guetta antes de irse a asesinar? Pues al parecer a Abeeku.
-         Presta atención Gabriel. ¿Ves el edificio ese de la torre? Ve a la derecha, y deja a tus compañeros en la puerta. El edificio cuenta con patio trasero, donde la mayoría de los individuos a los que hay que asesinar se encuentran reunidos. Los pillaremos por sorpresa.
Gabriel hizo lo que le decían, y sus compañeros nada más ver la puerta de madera del antiguo edificio saltaron del vehículo, comenzaron a internarse en el interior de él, con una rapidez asombrosa. Gabriel se había quedado solo en el coche, esperando instrucciones, y en ese momento una idea centelleó en la cabeza, como un alumbrado de neón que parpadeaba en medio de la oscuridad.
-         Ahora, aparca y entra en el edificio.- indicó Chin.
Pero Gabriel pisó el acelerador, dio media vuelta y se internó por la calle de la izquierda, rodeando el edificio.
-         Gabriel, detente.-repitió Chin, con cierta crispación en la voz.
El chico siguió sin responder, ya casi podía verlo. Aquella congregación de gente en aquel patio rodeado por una valla de madera.
-         Gabriel, obedece. Para ahí. No sigas. ¡Gabriel! ¿No me oyes? ¿Qué demonios estás haciendo? ¡¡Obedece de una maldita vez, imbécil!!
Allí en la mansión, Akira se había levantado de su asiento, observando furioso el irracional comportamiento de su asesino.
Y en ese momento, pasó, la gente comenzó a ver un coche rojo acercándose a ellos, no comenzaron a prestarle mucha hasta atención hasta que vieron como este echaba abajo la valla de madera, se bajaba la ventanilla del conductor, por la cual aparecía una enorme metralleta, y el coche rojo empezaba a derrapar, girando sobre sí mismo, con una rapidez de vértigo, mientras se oía como el gatillo de la metralleta no cesaba de ser apretado, y los disparos rasgaban la tranquilidad de la mañana. Muchos de los reunidos fueron atropellados, los que intentaron escapar murieron tras recibir algún disparo. Gabriel acababa de matar a tres cuartas partes de la congregación en un abrir y cerrar de ojos. Los que habían conseguido huir, habían entrado en el edificio, donde los estarían esperando los demás asesinos. Gabriel se quedó en el coche, observando el paisaje vacío y desolado durante unos segundos, con las manos cerradas sobre el volante, jadeó. Todavía no entendía como se le había ocurrido aquella descabellada idea, suponía que era porque nunca había seguido las indicaciones de nadie y prefería actuar con total independencia. Se bajó del coche y sintió un escalofrío al ver aquella maraña de cuerpos inertes en el suelo. Atravesó el patio, salteando los cadáveres, reprimiendo las ganas de vomitar que acaban de entrarle e intentando que no se le notara tanto las nauseas que estaba sintiendo, mientras oía disparos y chillidos en el interior.
Chin estaba observándolo todo sin respiración, asombrado, pegado al asiento.
-         Buen trabajo, Gabriel-admitió, en un murmullo ahogado.
-         Brillante.-comentó Killiam, mientras se acariciaba la barbilla, mirando la figura de Gabriel representada en la pantalla.

Lo subieron en volandas hasta la mansión, todos muy emocionados.
-         ¡Ha sido flipante! –lo había felicitado Roman.
-         No está nada mal, para tu primera vez. –había reconocido Abeeku.
-         Oh, ¿el psicópata gay lo ha hecho bien? Bajo el efecto de ¿Qué droga? –añadió Kavita.
-         Buen trabajo, tigre.-había ronroneado Samantha.
Gabriel se quitó el chaquetón, mientras veía a Akira aproximarse.
-         No me equivoqué contigo. –Dijo, con una sonrisa mordaz.
Todos los demás se habían desprendido de sus mascaras, pareciendo de nuevo adolescentes aceptablemente normales.
-         Ahora tenemos que ir a celebrar tu primera vez.-dijo Abeeku.
Gabriel entrecerró los ojos, él no estaba emocionado, ni eufórico, simplemente le daba igual todo. Y tampoco entendía que era lo que había que celebrar. ¿La muerte de todas aquellas personas? No era un motivo de gran alegría.
Abeeku lo agarró del brazo, y todo el grupo entero salió por las puertas de la mansión. Hablando fuerte, entusiasmados.
-         ¿Y en que consiste esta celebración? –quiso saber Gabriel.
-         Ya lo verás.-rió Roman que caminaba a su lado.
Gabriel se encogió de hombros, y siguió caminando junto a ellos por las bonitas calles de Praga, lo guiaban a quien sabe donde y no le importaba, iba admirando el paisaje, charlando y riéndose sin muchas ganas de los chistes que eran pronunciados por sus compañeros.
Era la hora de comer, y pasaron por los alrededores de un instituto, donde los estudiantes salían después de una mañana dura de trabajo entre las paredes de su centro escolar. La mayoría de ellos se quedaban mirándolos, fascinados por sus poses violentas y el aire de chicos malos que desprendían.
Sacudido por un ramalazo de envidia, Gabriel observó a los colegiales, vestidos impecablemente con sus uniformes; lo comparó con su ropa; sus pantalones vaqueros oscuros agujereados en las rodillas, su camisa de mangas largas con el cuello de pico, y un rayo blanco estampado en el pecho, su pendiente del crucifijo balanceándose a la vez que andaba. No, él no era como ellos, ni mucho menos. Y lo detestaba.
Los veía salir en grupitos mixtos de chicos y chicas, riendo con ganas, poniendo verdes a sus profesores más severos, haciendo extravagantes bromas, amigas que hablaban con eufórica rapidez. Ninguno de ellos solo. Amigos, lo que él nunca había tenido. Con un padre que llegaría del trabajo, una madre que los esperaría en casa, con un plato de humeante comida colocado perfectamente en la mesa, para que toda la familia se sentara a disfrutar del almuerzo. Los envidiaba, profundamente. Todos ellos tenían lo que él quería y había deseado siempre. Salud, familia, amigos, una simple vida tranquila.
Suspiró. Y en ese momento se dio cuenta de que había alguien que en efecto caminaba solo, embutido también en un uniforme, con una mochila morada a su espalda. La gente la ignoraba, por alguna extraña razón. Ladeó la cabeza y la observó. Era una chica, su pelo negro, brillante y evidentemente limpio lo llevaba sujeto a la nuca con una coleta, dos mechones de su pelo, más cortos, no los llevaba sujetos a su gomilla y le caían a ambos lados de la cabeza, sus ojos, grandes y oscuros tenían la mirada pérdida en algún punto del horizonte. Tenía la misma cara de un ángel, piel clara y barbilla acabada en pico.
Observó, sin poder apartar los ojos de ella, como se aproximaba; pasó por su lado, sus hombros levemente se rozaron, y el olor de ella le golpeó con fuerza. Un olor indescriptible, si las nubes tuvieran olor sería el de ella, iba pensando Gabriel, mientras volvía la cabeza para ver como se alejaba.
Abeeku lo agarró del brazo y Gabriel aterrizó bruscamente en la realidad, se había perdido entre las inmensidades del cielo por culpa del olor de aquella desconocida.
Se dio cuenta de que Roman no paraba de señalar a chicas, mientras decía con cuantas había ligado y con cuantas había pasado la noche.
-         ¿Las conoces? –quiso saber Gabriel.
-         A unas pocas.-presumió él, con vanidad.
-         Ya. –le susurró Abeeku a Gabriel.- Desde que Kavita le rapó la cabeza no se lleva a ninguna.
Antes de que alguno de los dos tuviera tiempo a reaccionar, Roman le dio un fuerte cocotazo a Abeeku, aquello desembocó a una pelea más fuerte, puesto que los dos acabaron dándose golpes por las calles, ignorando como la gente se quedaba mirando. Gabriel se dio cuenta de que los demás seguían caminando, tranquilamente, nadie tenía la más mínima separarlos. Aun así, la pelea duró menos de lo que parecía, puesto que llegó un momento en que los dos se miraron, se echaron a reír y reanudaron la marcha. Tras atravesar un par de calles más, todos pararon en frente de un local de aspecto cutre y sucio, paredes llenas de pintadas y con un letrero encima de su puerta de aluminio que decía: Tatuajes El Infierno.
Gabriel les miró a todos, perplejo, mientras entrecerraba los ojos.
-         No entiendo.-dijo. -¿Es una broma?
Kavita se rió de él.
-         ¿No sabes ver la indirecta? –se mofó.
Abeeku lo arrastró dentro del local, Gabriel seguía sin entender nada. El sitio por dentro era tal y como uno se lo imaginaria viéndolo desde fuera. Las paredes estaban sucias y sin pintar, aunque se veía que el dueño del sitio lo había intentado modificar poniendo sádicos pósters, y una gran tabla de anuncios, donde había pegada millones de fotos de tatuajes y clientes satisfechos con el resultado final. Del techo colgaba una lámpara de metal, llena a rebosar de insectos que daban vueltas alrededor de la luz. Una silla de cuero negro pegada al suelo, en el centro de la única habitación del lugar, mueble que parecía el objeto más nuevo de allí. Había un hombre más allá, buscando cachivaches sobre una mesa de metal.
Este se volvió nada más oírlos entrar dentro de su local.
-         Mira, mira.-dijo poniendo los brazos como jarras.- Si son mis chicos favoritos.
-         Y chicas.-masculló Kavita.
Él se rió. Era alto y flacucho, tenía una cresta azul enorme, su piel estaba entera manchada de tatuajes de colores, sus brazos contenían crucifijos, diablos, un barco, una sirena, la forma de la hoja de marihuana grabada en su muñeca. Llevaba pantalones cortos, por lo cual vio que sus piernas estaban también plagadas de tatuajes: hormigas corrían por su tobillo, una enorme calavera estaba en su rodilla, dos serpientes serpenteaban por su pierna izquierda, en su cuello se había tatuado una enorme mariposa, de colores amarillos, rojos y verdes; incluso tenía dos lágrimas tatuadas corriendo por sus mejillas. Su cara estaba a más no poder de piercing.  
-         ¿Este es el nuevo? –había dicho el dueño del local.
Adnan había asentido.
-         ¿El nuevo? –Gabriel no entendía nada, miró a sus compañeros, perdido.
-         ¿Qué pasa? ¿Él todavía no sabe lo del tatuaje?
-         Ya tengo uno.-comentó Gabriel, y alzó su antebrazo, para que el tío raro lo comprobara.
-         Oh, -exclamó el chico de la cresta, asombrado.- Muy bonito. Letras chinas. ¿Qué pone?
-         Es japonés.-masculló Gabriel, mientras bajaba el brazo.- Y pone Gabriel.
-         Buah –bufó.-Chino, japonés. Lo mismo es.
-         No, no es lo mismo, ignorante. –frunció el ceño.
Había dejado sin habla al hombre, que lo miraba sin saber que responderle a eso. Al final dijo:
-         Bueno ¿ellos no te han contando que es lo que pasa cuando entras al club de caza?
-         ¿Caza?
-         Sí ¿No erais de un club de caza? ¿Qué cazaba aves exóticas?
Abeeku le pegó un fuerte codazo en las costillas y Gabriel acabó asintiendo, reprimiendo sus deseos de doblegarse.
-         ¿Es obligatorio? –quiso saber Gabriel cuando se recuperó del golpe.
-         Por supuesto.-dijo Abeeku, solemne.
Gabriel resopló. Roman se desabrochó parte de su camisa, y le enseñó la forma del tatuaje. Un círculo exterior, del tamaño de un puño, otro más pequeño dentro que contenía en su interior una estrella satánica, donde en el centro estaba grabada la cara de un demonio con cuernos.
El joven tokiota tomó aire.
-         Randy, Gabriel es todo tuyo.-rió Kavita.
-         Bueno, pues siéntate en la silla y quítate la camisa. – le indicó Randy. – Voy a empezar contigo. Además, el tatuaje se hace siempre en la clavícula.
Gabriel se encogió de hombros, se quitó su camisa y antes de que le diera tiempo a buscar un lugar donde dejarla, Samantha llegó a su lado y le dijo, mirándole con sus grandes ojos azules:
-         Yo te la guardo.
Le guiñó un ojo, coqueta y se la quitó de las manos.
Gabriel se montó de un salto en la silla, y Randy llegó pronto, comenzó su trabajo. Deslizando la ardiente aguja por su piel. Él no se inmutó, aquel dolor ni se comparaba al que sentía cuando enfermaba. Todos le miraban expectantes, y cuando Randy vio que Gabriel no iba a darle conversación, dijo:
-         ¿No quieres preguntar nada? ¿Ni decir algo?
Gabriel no contestó al principio, mirando fijamente el rostro de Randy, hasta que ladeando levemente la cabeza dijo:
-         Solo una cosa ¿Cuántos piercings tienes en la ceja derecha?
-         Unas cinco argollas. ¿Mola eh?
-         Sí, para colgar una cortina.
Randy se rió.
-         Me gusta este chico nuevo, tiene agallas el muchacho.
Gabriel frunció el ceño.
-         Y chicos ¿Está es la única celebración que vamos a hacer? –quiso saber.
Todos rieron.
-         La fiesta viene después.-dijeron.

No mentían cuando dijeron que después habría fiesta. Nada más salir del local de tatuajes, robaron un coche y se fueron a un restaurante de los caros a comer. Pidieron lo más sofisticado y de más alto precio de la carta, molestaron a los demás clientes y acabaron echándolos. Condujeron como temerarios, todos metidos en el mismo coche por la ciudad, pararon a comprar alcohol, unas seis botellas aproximadamente y luego, ya cuando la noche había caído sobre Praga condujeron hasta una enorme discoteca., los demás bailaban y saltaban como locos. Abeeku cada vez se pegaba más a una cubana que vestía con un vestido corto y naranja que resaltaba en la oscuridad, Roman andaba detrás de una y de otra, Adnan saltaba en el centro de la pista de baile junto a Kavita, que estaba aprovechando para pisarle los pies a Adnan. Y Chin se había perdido entre la multitud. Alix se había ido a los servicios y ya llevaba ahí dentro más de media hora. Gabriel querría bailar, pero no sabía. Solo se sabía la coreografía de Ike Ike de Hinoi Team, que se había aprendido junto a su prima, y lo veía totalmente ridículo e inapropiado, aparte de bochornoso, excesivamente bochornoso. Con lo cual, estuvo un corto espacio de tiempo apoyado en una columna cerca de la pista de baile, observando a la muchedumbre. Hasta que escuchó por detrás.
-         ¿Bailamos, preciosa?
Gabriel se volvió picado, y mirándole con gélida ira masculló, desafiante:
-         Como vuelvas a llamarme preciosa, te descoloco la nariz de un puñetazo.
El chico lo miró sorprendido.
-         ¿Eres lesbiana?
-         Soy un tío.-gruñó él.
Así que se sentó en una silla de la barra y comenzó a beber, lo más cargado que pudiera, le había dicho a la camarera. Y así fue una tras otra, poco a poco los vasos vacíos se iban multiplicando y acumulando en la barra, en frente de él. No podía evitar pensar en su padre, miraba su copa medio vacía y se preguntaba una y otra vez que tendría aquello para que él hubiera preferido estar en un sitio como aquel, bebiendo cosas como las que él estaba ahora mismo ingiriendo, mientras sabía que su hijo estaba atado a su cama, sin poder moverse y sufriendo. Decidió olvidarse de ello, por lo cual bebió más, mucho más.
-         Ojala me de un coma etílico. –le confesó a la camarera.
Ella le miró un momento y dijo, secamente.
-         ¿Te pongo otra?
-         Más cargada.-exigió él.
Ya estaba tambaleándose sobre la silla, y en ese momento fue cuando, por alguna razón, se alejó de la barra, empezó a mezclarse junto a la multitud que bailaba al son de la música, moviéndose sobre la pista de baile, resuelto, imitando a los de a su alrededor. Abeeku se acercó a él, y ambos comenzaron a saltar como locos, mientras chillaban, eufóricos. Roman se les unió al poco tiempo, y los tres iban apartando a la multitud, con sus saltos y chillidos. Fue entonces cuando descubrieron a Chin, hablando con una chica, se acercaron a él. También estaba borracho como una cuba, al igual que sus compañeros, y cuando llegaron le estaba diciendo esto a la chica:
-         ¿Sabes? Mi pen drive entraría perfectamente en tu puerto USB, puedo darte toda la banda ancha que quieras.
Tanto la chica, como sus compañeros se rieron a carcajadas y Chin mosqueado se alejó, a la barra, a seguir bebiendo. Mientras que los otros tres siguieron deambulando en la pista de baile.
Gabriel no supo como, ni porqué, pero cuando se quería dar cuenta su grupo se había disuelto, y Samantha se encontraba junto a él, bailando, moviéndose, mientras cada vez más pegaba su cuerpo al suyo. Ella le rodeó el cuello, le miró fijamente, él estaba viendo su rostro desenfocado y cada vez estaba más mareado, pero si era consciente de que en cuestión de segundos la distancia entre los dos se relució a O y que sus labios comenzaron a besar los suyos, salvaje y fogosamente. Él la estampó contra la pared, ella saltó sobre él, rodeando con sus piernas su espalda, ambos se miraron un momento, jadeantes, antes de fundirse de nuevo, besándose con ferocidad, casi con violencia. No había amor, no había cariño en ninguno de sus gestos, simple y puro deseo. El alcohol y el sabor de aquellos labios, nublaron totalmente sus sentidos, haciendo caer la consciencia de sus actos en un oscuro pozo, del que no saldría hasta bien entrada la mañana siguiente.

3 comentarios:

  1. Bueno, he tenido que ponerme al día con los capis pero ya está :D yupii yupii y yupii como tú haces los capítulos como churros, espero con "paciencia" el 8 a ver qué pasa entre ellos dos haber si hay rollito o no juejue
    bueno a ver cuando me comentas tú en el mío eh?? ¬¬

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  2. jejejeje dioss me he leido los 7 del tiron y es una historia que me ha enganchado bastante :) espero el proximo con ansia jejeje :D

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  3. Lo del pen drive y el puerto USB ha estado muy bien, jajajaja. En cuanto a lo de Samantha, se veía venir, porque iba detrás de él. El tío de los tatuajes era un poco estrambótico, pero me ha caído bien. En resumen, me ha parecido un capítulo muy completo. Espero el siguiente. ¡Un beso!

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