martes, 19 de julio de 2011

Capítulo 1. "Sin Salvación"

Recordaba estar tirado en el suelo, tumbado boca arriba sobre los fríos azulejos de aquel servicio masculino del instituto, no había nadie en aquel lugar. Solos, los dos.
Todavía no era capaz de evocar como había caído al suelo, ni siquiera podía visualizar como la gente había huido de allí, cuando él entró, con su mochila negra colgándole de un hombro, y su rostro, con aquella escalofriante mueca indescifrable y esa sonrisa que hacía que se te cortara la circulación.
Podía ver sus botas, negras, colocadas a cada lado de su vientre, presionándolo contra ellas, para impedirle levantarse.
Y en ese momento su vista se aclaró lo suficiente como para ver que acababa de sacar una navaja de su mochila, que había tirado a un rincón, como un despojo inútil.
Podría haberle preguntado que estaba haciendo, o que iba a hacer. No lo necesitaba, supo la respuesta cuando vio como su rostro se ensombrecía a la vez que una sonrisa crecía peligrosamente por su semblante.
Chilló cuando observó como alzaba la navaja en ademán de dañarle, el brillo de la muerte relució en su afilada arma.

Alaridos desgarrados de dolor, chillidos que clamaban justicia, gritos que pedían auxilio sin necesidad de palabras, susurros implorantes por la vida, súplicas; todas las peticiones de compasión; todo ello se oía desde la mismísima puerta de aquel instituto situado a las afueras de Tokio.
Todos los alumnos podían oírlo, pero nadie se atrevía a acercarse al lugar del atentado. Todos cobardes, hacían de oídos sordos y seguían como si no ocurriera nada. Mientras la vida de alguno de sus compañeros se consumía lentamente.
Todo aquel escándalo provenía del servicio masculino, situado al lado de las taquillas japonesas. Un corrillo de chicos se habían agrupado en la puerta, expectantes, pero ninguno tenía el valor suficiente para entrar y ver lo que estaba ocurriendo. Aunque ya todos lo sabían. Era él, de nuevo. Famoso por sus innumerables ataques de ira, su violento comportamiento y sus múltiples asesinatos ya cometidos.

Cuando la policía entró en el servicio, él estaba sentado sobre el vientre de su víctima, la cual había volteado, sus dedos temblorosos aferraban la navaja, clavada en la zona occipital de la cabeza de aquel chico; ya muerto.
No se volvió a ver al cuerpo de policía entrar, parecía estar congelado, esperando, sus ojos fríos parecían inertes, mirando el azulejado blanco manchado de sangre, pero en realidad no viendo nada; permaneció impasible e indiferente. El rostro del muchacho estaba lleno de sangre, sus manos manchadas hasta los codos. De las paredes goteaba la sangre del cadáver.
Los policías agarraron al asesino, lo alzaron y lo apartaron del cuerpo inerte del muchacho, sin que este se revolviera, ni se resistiera. No gritó, su rostro no mostraba sentimiento alguno. La navaja resbaló de las manos del chico y cayó al suelo junto al fallecido.
Llevaba las manos esposadas a la espalda, y una enorme patrulla de policías armados lo escoltaba y sujetaba, a pesar de que al asesino no parecía tener intenciones de intentar escaparse. Por contrario él andaba recto, con la cabeza firme y bien alta, la mirada fija en algún punto perdido del horizonte. No tembló al dar ni un paso, no se inmutó al ver las caras desfiguradas por el terror de sus compañeros, cuando vieron todo su uniforme destrozado y manchado de sangre, al igual que su rostro.
-         ¡Asesino! –gritó uno de ellos, escondido tras la multitud de adolescentes.
Él giró su cara hacia el lugar de donde provino la acusación.
-         Lo sé.-fue lo único que dijo.
Se dejó llevar sin problemas, deambulando y mostrándose triunfal delante de todo el instituto. Otra persona, a la que él conocía muy bien lo estaba esperando a la salida, con los brazos cruzados y el rostro contraído por la profunda ira que sentía en esos momentos. No, no era el padre de la víctima; era su tío. Observó como la figura histérica de su tío se acercaba a la patrulla de policía y gritaba su nombre, furioso.
-         Hola, tío.- dijo él. -¿A cuántos abogados te has metido en el bote está vez?
Lo dijo como si se tratara de lo más normal del mundo, como si no hubiera hecho nada, sin arrepentimiento, con una impasibilidad escalofriante, sin importar que sus escoltas le escucharan.
Su tío se paró en seco en medio de la acera, viendo como por sexta vez  la policía japonesa apresaba a su sobrino. Parecía que vivía aquella escena una y otra vez, una pesadilla larga e interminable que nunca lo dejaría descansar. Todo se repetía, como una vieja cinta que se detiene y rebobina, siempre en la misma escena. Pero aquella vez, Eikichi, estaba seguro de que el destino de su sobrino sería diferente. No iba a salir ileso en esa ocasión.

De nuevo allí, entre aquellas cuatro grises paredes. Siempre el mismo lugar, sentado como los indios en el suelo, sujetando su rostro con las manos mirando fijamente a los barrotes que tenía en frente. Esperando una vez más.
Su espera no tardó en verse recompensada, pues pronto apareció un grupo de policías.
-         ¿Mi tío quiere verme? –preguntó él, enderezándose y perforando con sus ojos sobrenaturales al policía más cercano.
-         Así es.-respondió este, con voz grave, mientras habría la cerradura de su celda introduciendo un código en un teclado pegado a la pared.
La puerta se abrió, poco a poco, dejando ver al joven asesino, en pie, esperando ser esposado. Caminó una vez más a lo largo de aquel pasillo, lleno de celdas infectadas de gente como él, que se quedaba mirándole, con sus rostros duros y curtidos. Lo condujeron a la misma sala de siempre, donde detrás de un panel de cristal blindado se encontraba su tío, sentado con circunspección. Tan solo entró un policía junto a él, que le indicó que se sentara en aquella silla, en frente de su tío. Sujeto a la pared se encontraba una especie auricular, con forma de teléfono. Él agarró el auricular y pronto escuchó la voz de su tío. Que sonaba peligrosamente calmada, él sabía lo que quería decir aquello: su tío estaba a punto de estallar.
-         ¿Por qué lo has hecho? –pronunció su tío, con total claridad.
Su sobrino se encogió de hombros, con indiferencia.
Pudo ver como su tío enrojecía, totalmente encolerizado.
-         Tendrás alguna razón para hacer lo que haces.
-         Eikichi.- su sobrino lo estaba mirando fijamente, articulando su nombre con voz apagada y desapasionada.- Todas las demás veces anteriores no he tenido razones para hacerlo. –Ladeó lentamente la cabeza, mientras abría al máximo sus ojos, dándole a aquel gesto un toque escalofriante que lo hacía parecer un desequilibrado mental. Luego dijo, parándose en cada palabra. -¿Porqué está vez iba a tener una razón?
-         Porque está vez será diferente. –la advertencia estaba impresa en sus palabras.
-         ¿De qué manera, Eikichi? –musitó su sobrino, con aquel desquiciado tono en la voz, que lo estaba retando y desafiando descaradamente.
-         ¿Recuerdas lo que hablamos la última vez?
Negó lentamente con la cabeza, mientras se cruzaba de piernas en la incómoda silla de plástico.
-         Te advertí que no volvería a salvarte.
-         No lo recuerdo. –se echó su flequillo hacia atrás.-De todas formas, aunque lo hubieras dicho, no vas a cumplirlo.
-         ¿Qué te hace pensar eso?
Él sonrió enseñando sus dientes blancos.
-         Si no vas a salvarme ahora… ¿Qué haces aquí?
Antes de que a Eikichi le diera tiempo a contestar, su sobrino siguió hablando: 
-         Venga, siempre tenemos esta conversación. Pero después correrás a pagarles a los jueces y abogados; para que hagan la vista gorda y pasen por alto mi delito. ¿Recuerdas? –se señaló a si mismo, poniendo un tono burlón de autocompasión.- Estoy enfermo, tito.
Eikichi estaba a punto de explotar, cosa que estaba divirtiendo a su sobrino. De repente se levantó, y mirándole furibundo, afirmó:
-         No sobornaré a la justicia esta vez. Deberías habértelo pensado mejor, antes de ignorar mi ultimátum. He intentado… ayudarte, nunca perdí la esperanza de que cambiaras y volvieras a ser el de antes… pero ahora… Veo cuán equivocado estaba. –Hizo una pausa y finalmente dijo. - Tu “supuesta enfermedad mental” no demostrada, no va a sacarte de aquí en esta ocasión. Estás solo.
Su sobrino permanecía impasible, es más, no parecía ni prestarle atención, puesto que su mirada estaba pérdida en el techo.
-         Me pregunto, desde cuando no pintan este lugar. La pintura del techo está desconchada. –fue lo único que dijo.
Su tío apretó los puños.
-         ¿No vas a decirme nada? ¿Estás de acuerdo con lo que voy a hacer? –vociferó.
El joven asesino centró unos segundos la atención en la figura histérica de su tío, luego se encogió nuevamente de hombros y dijo, totalmente calmado e indiferente.
-         Vale. Me parece bien.
Los ojos de Eikichi se abrieron al máximo, mudo del pánico.
-         ¿Qué hicimos mal contigo? –musitó, descorazonado antes de salir por la puerta dejando solo a su sobrino, acompañado únicamente por el serio policía.
Él se levantó, con las manos esposadas cayéndole a cada lado del cuerpo, sin vida.
-         ¿No volvemos a la celda?
La sonrisa del policía, enigmática y desconcertante no pareció sorprender al acusado.
-         Por fin.-había dicho de regreso a la celda del asesino.- Por fin vas a tener lo que te mereces, sabandija, tu muerte es clamada por la justicia.
El acusado, le había mirado de reojo y había añadido:
-         La justicia no existe, todo es corruptible con una suma adecuada de dinero.
Sintió los brazos del policía presionando más fuerte su antebrazo, lugar por donde lo estaba sujetando.
-         Dinero que tu tío está vez no va a malgastar ayudándote. Por fin ese hombre abrió los ojos contigo. Y vio lo que verdaderamente eres.
Mientras decía esto estaba introduciendo el código que abriría la puerta de su prisión. Cuando esta se abrió, el joven fue empujado dentro, con total brusquedad.
-         Nada. No eres nada. –terminó el policía su frase, mientras observaba como el cuerpo del asesino se desplomaba sobre el suelo, quedándose boca abajo tumbado sobre el pavimento, sin moverse. –Un psicópata asesino.
La puerta se cerró de golpe, encerrando en su interior al prisionero. Que dos días después sería ejecutado, ya no hacía falta esperar al juicio para saber cuál sería el veredicto final. 

2 comentarios:

  1. Pero que... buaaa!! genial, siempre está bien leer algo diferente. PULGARES ARRIBA!!

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  2. Es uno de los capítulos de inicio más prometedores que he leido en bastante timepo. Te sigo aunque iré leyendome los capítulos poco a poco, pero te comentaré =D Besotes!!

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